El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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-¡Ah!, señor maestre -contestó el muchacho, que parecía conocer al caballero-, ¡es la loca!
-Y ¿quién es la loca?
-Aquí -repuso el muchacho- sólo por ese nombre la conocemos; de temporada en temporada se aparece por el pueblo; otras veces vive por el monte, y dicen los pastores que gusta mucho de pasar los días enteros mirando a los barrancos. No habla más que dos palabras. No llora nunca; ¿oís esa carcajada? Eso es lo que hace; aquí siempre estamos deseando que venga, porque es para todo el pueblo una diversión.
-¡Infeliz! -dijo don Luis-; ¿no queréis verla, señor Hernán Pérez?
-No; esos espectáculos me ponen de mal humor. ¡Miserable! Será acaso alguna madre que haya perdido a su hija. Vamos de aquí, señor don Luis.
-O alguna amante desdichada, señor Hernán Pérez -dijo riéndose con indiferencia don Luis, y picando espuelas a su caballo. De allí a poco ambos caballeros desaparecieron, apartándose la turba que seguía hostigando a la demente, la cual sólo respondía de cuando en cuando con su acostumbrada carcajada y su desdichado estribillo:
-¡Es tarde! ¡es tarde!
Pocos años después entró una madrugada el sacristán de la parroquia de Santa Catalina de Arjonilla en la iglesia y parecióle ver un bulto extraordinario al lado de un sepulcro. Efectivamente, era la loca.
-Loca -le dijo dándole con el pie-. ¡Pues está bueno! Esta se quedaría aquí ayer en la iglesia cuando la cerré. Vamos, buena mujer. ¡Estará borracha!
Dábale con el pie, pero el bulto no se movía. Acercóse el sacristán y vio que la loca tenía un hierro en la mano, con el cual había medio escrito sobre la piedra ¡Es tarde!, ¡es tarde! Pero ella estaba muerta. Sus labios fríos oprimían la fría piedra del sepulcro. Un epitafio decía en letras gordas sobre la losa:
AQUI YACE MACIAS EL ENAMORADO


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