Reconquistar Plenty (Colin Greenland) Libros Clásicos

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.. El techo era del mismo cemento color rosa sucio, y el anillo biofluorescente incrustado en él no funcionaba. El catre era una plataforma sólida pegada a una pared. En un rincón de la celda se alzaba lo que pensó debía ser un retrete químico de un color entre blanco y marrón que ya empezaba a apestar. No había espacio para nada más.
Los eladeldis la habían obligado a bajar la escalera. La llevaron hasta un callejón, la empujaron hacia la pared y la registraron. Después hablaron entre ellos, decidieron que el caso no presentaba ninguna implicación política y que no era más que otra camionera que se había metido en líos, y la entregaron a la policía local, lo cual hizo que Tabitha sintiera un gran alivio. Los eladeldis se tomaban muy en serio cuanto pudiese involucrar a los capellanos y si hacía falta podían llegar a ser muy desagradables. Los policías de la Comisaría Mirabeau se habían limitado a empujarla de un lado a otro e ignorarla, pero las personas que caían en manos de los eladeldis tendían a desaparecer.
El policía que la había detenido era un cyborg máximo, una de las unidades que se utilizaban para controlar multitudes y evitar disturbios. Su visor gris se encendía y se apagaba en un continuo desfile de lecturas que impedían ver los implantes.
-Jute, Tabitha, capitana-recitó.
Su lente de cíclope se clavó en ella registrando todo lo que captaba. El policía era muy alto y su cuerpo relucía. Su mano aumentada fue hacia el brazo de Tabitha y los dedos se cerraron a su alrededor con un suave zumbido mecánico.
Tabitha intentó persuadirle de que la dejara entrar en el bar antes de llevarla a la comisaría.
-¡Tengo que hablar con el tipo que iba a ofrecerme un trabajo! Está ahí dentro... Iba a reunirme con él cuando esas malditas alimañas me tiraron al suelo.
Y, naturalmente, el policía no le hizo ningún caso.
Los eladeldis la siguieron con la mirada mientras el policía la llevaba hasta el final del callejón y el deslizador donde les esperaba su doble. El policía y su doble la hicieron sentarse entre ellos.
Había montones de tráfico y los vehículos avanzaban muy despacio. El trayecto hasta la parte baja de la ciudad se hizo interminable, y Tabitha se entretuvo contemplando los laberintos de datos rojos y azules, análisis, informes rutinarios, redes amarillas, identificaciones vídeo y transmisiones referentes a otros casos que desfilaban sobre los rostros desfigurados de los policías.

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