El castillo de lindabridis (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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Aquí , pues, contando el caso
al docto, al mágico Antistes,
ayo mío, y de los cielos
el prodigio más sublime,
aquél cuya voz el sol
respeta y en los viriles
de once cuadernos azules
leyó letras de rubíes,
me dijo, "Si has de buscar
un príncipe que te libre
de ese empeño, que discurras
el orbe es fuerza, y que animes
con tu hermosura el valor;
que no hay cosa que le incite
tanto; y porque más segura
todo el mundo peregrines,
hoy quiero lograr en ti
los más admirables fines
de mis mágicos estudios.
Este castillo en que asistes,
alcázar portátil sea,
sea palacio movible
que, a obediencia de tus voces,
ya se eleve o ya se incline.
Parte en él, porque en él lleves
las grandezas con que vives,
las galas que te hermosean,
y las damas que te sirven."
Pronunció el acento apenas
último cuando ya gime
la torre, ya tiembla y ya
de la tierra se divide;
y, elevados en el viento
muros, campos y jardines,
de tan nueva Babilonia
todos éramos pensiles.
Ese pájaro que, cuando
vuela, los aires aflige;
ese pez que, cuando nada,
los crespos mares oprime;
ese monstruo que los montes,
cuando los habita, rinde;
ese escollo que navega,
ese monte que describe,
esa fábrica que nada,
ese, en fin, portento horrible
que miráis, es el famoso
castillo de Lindabridis.
Si sois, como lo mostráis
y vuestras personas dicen,
príncipes que de trofeos
habéis de orlar vuestros timbres;
si en defensa de las damas
vuestros aceros se visten,
ya con la espada en la mano,
ya con la lanza en el ristre,
buena ocasión se os ofrece.
A vuestras plantas se rinde
una hermosura que os ame,
un reino que os apellide,
una empresa que os ilustre,
una lid que os acredite,

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