La hija del aire (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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ni consiento ni permito.
NINO: Tres cosas estoy mirando,
tres acciones estoy viendo,
que cuánto más las entiendo,
aun más las estoy dudando.
Tú, Menón, con quien el mando
de mi laurel he partido;
¿tú confiesas atrevido
que el mayor triunfo me quitas?
¿Tú, Arsidas, lo solicitas,
de hoy a mi casa venido?
Y tú, crüel, que entre fieras
dudas das de amor indicio,
cuando haces un beneficio,
como si un agravio hicieras.
Rescatad de tan severas
confusiones mi sentido.
A los tres, ¿qué os ha movido
para estar, ¡suerte penosa!,
tú turbado, tú medrosa
y tú desagradecido?
ARSIDAS: Mi turbación, bien, señor,
fácil está de entender,
llegándote yo a deber
tanto.
SEMÍRAMIS: Eso en mí no es temor,
que fuera decirlo horror.
MENÓN: Mi ingratitud, ¡ay de mí!,
es lealtad.

NINO: ¿Pues cómo así,
oponiéndote a mi gusto
MENÓN: Como tu gusto no es justo.
NINO: ¿De qué suerte?
MENÓN: Escucha.
NINO: Di.

MENÓN: Aquella hermosa pintura,
que hoy has visto imaginada,
es ésta que miras viva,
puesta conmigo a tus plantas.
Semíramis es, señor,
y si pretendí guardarla
de ti, fue porque tú mismo
advertiste a mi ignorancia
que aun pintada no llevase
a un poderoso a mi dama,
porque era necia fineza.
Ser consejo tuyo basta
para ser disculpa mía;
pues mal hiciera en llevarla
viva al mismo que afeó
el llevársela pintada.
Bien pudiera ahora decir
que, porque nadie llegara
a ganar con tu deseo
de haberla hallado las gracias,
defendí que la trujese
otro; bien pudiera darla
otro nombre ahora, y después
con industrias y con trazas
entreteniendo tu amor,

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