La aventura del fabricante de colores retirados (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-Pero, ¿qué ha ocurrido?
La historia de siempre, Watson. Un amigo desleal y una mujer casquivana. Según parece, Amberley tiene una afición en la vida: el ajedrez. En Lewisham, vive un médico joven que es también aficionado a jugar al ajedrez. Tengo anotado su nombre: el doctor Ray Ernest. Ernest visitaba la casa con frecuencia, y la consecuencia natural fue que surgiese una initmidad entre él y la señora Amberley, porque tendrá usted que reconocer que nuestro infortunado cliente posee pocas gracias exteriores, por grandes que puedan ser las dotes de su alma. La pareja aquella se fugó la semana pasada, con dirección desconocida, y lo que es más: la infiel esposa se alzó con la caja de documentos del viejo, en calidad de equipaje personal, y con una buena parte de los ahorros que había hecho en su vida, dentro de la caja. ¿Podemos dar con el paradero de la mujer? ¿Podemos recuperar el dinero? Como usted ve, el problema es hasta aquí de lo más vulgar, aunque de importancia vital para mister Josiah Amberley.
-¿Y que piensa usted hacer al respecto?
-Da la casualidad, querido Watson, que la primera pregunta es esta otra: ¿Qué va a hacer usted? Si es que tiene usted la bondad de hacerse cargo de mi papel. Sabe que me encuentro preocupado en el caso de los patriarcas coptos, que hoy hará crisis. La verdad es que no tengo tiempo para desplazarme a Lewisham; y, sin embargo, las observaciones que se hagan en el lugar mismo tienen un valor, especial. El viejo ese insistió mucho en que fuese yo, pero ya le expliqué la imposibilidad en que me encontraba. Está, pues, dispuesta a acoger a un representante mio.
-Sea como usted quiere -le contesté-. Reconozco que no voy a servir de mucho pero haré cuanto esté de mi parte.
Y así fue como una tarde veraniega me puse en camino para Lewisham, muy ajeno a pensar que antes de una semana se hablaría anhelosamente en toda Inglaterra del asunto al que me lanzaba.
Era ya tarde aquella noche cuando regresé a Baker Street y rendí cuenta de mi misión. Holmes, con su enjuto cuerpo repantigado en el hondo sillón, y la pipa dejando escapar lentas espirales de agrio humo de tabaco, tenía los párpados entornados tan perezosamente, que casi parecía dormido, de no ser porque los levantaba en cuanto yo me detenía en mi narración o llevaba en ella a algún pasaje discutible, y entonces me traspasaba con la mirada interrogadora de sus ojos grises, tan brillantes y afilados como dos estoques.

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