Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) Libros Clásicos

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ruido que nos han metido no sea el trueno de la pólvora que está ya
próxima a estallar, y aunque su acusación sea muy ridícula y probablemente
efecto de su estupidez, yo no quedaré menos muerto porque una docena de
buenas gentes proclamen, después de verme quemar, que mis jueces eran unos
necios. Todos los argumentos con que ellos probarían mi inocencia no me
harían resucitar y mis cenizas se quedarían tan frías en una tumba como en
un muladar. Por esto, si no se os ocurre a vos nada mejor, a mí me
alegraría mucho que cedieseis al propósito que tengo de no dejar a estos
señores en esta provincia más que mi retrato; porque me daría doble rabia
aún morir por una cosa que no creo, que por otra cualquier causa».
Colignac casi no tuvo paciencia para esperar a que yo acabase de hablar, y
luego que lo hice me contestó. Pero antes se burló de mí; ahora bien,
cuando vio que yo lo tomaba en serio me dijo: «-Ay, la muerte!- y puso una
cara muy asustada-. Nadie os tocará ni un pelo de la ropa, porque yo, mis
amigos, mis vasallos y todos los que me consideran perecerían antes que
consentirlo. Mi casa es tan fuerte que nadie podría forzarla si no es con
cañones; tiene unos cimientos muy sólidos y unos muros muy consistentes.
Pero yo estaría loco si pensara defenderme contra disparos de pergaminos».
«Son mucho más temibles -le contesté yo- que los rayos».
De aquí en adelante ya no volvimos hablar más que de cosas que
consolasen a su espíritu. Unos días íbamos de caza, otros de paseo, otros
nos dedicábamos a recibir visitas y algunas veces a devolverlas. De modo
que antes de que pudiesen aburrirnos substituíamos una diversión por otra.
El marqués de Cussan, vecino de Colignac, hombre famoso por sus

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