Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) Libros Clásicos

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cualidades que en mi temperamento predominan; porque aunque este sueño sea
en cierto modo un poco distinto del que con frecuencia suelo tener, pues
esta vez he llegado hasta el Cielo sin caerme, creo que este cambio es
causa de que la sangre se ha esparcido con la alegría de nuestros placeres
de invierno, dilatándose más de lo que acostumbra. De modo que disipando
mi melancolía ha quitado a mi cuerpo el peso que le hacía caer. Por lo
demás, no es ésta una ciencia que tenga mucho que estudiar». «¡A fe mía
que sí!» -prosiguió Cussan-. Vos tenéis razón; esto es una mezcla de todas
las cosas que hemos pensado en nuestras veladas, una quimera monstruosa,
un confuso amasijo de ideas que la fantasía, que durante el sueño no está
gobernada por la razón, nos presenta desordenadamente. Y a pesar de esto
nosotros, al interpretarlos, creemos descubrir su verdadero sentido y
deducir así de los sueños como de los oráculos una ciencia del porvenir;
pero sobre mi fe os aseguro que no encuentro entre éstos ninguna
semejanza, si no es que tanto los unos como los otros no pueden
entenderse; Y si queréis convenceros, juzgad por el mío, que aunque no es
muy extraordinario os indicará el valor de todos los demás. Yo he soñado
que estaba muy triste; en todas partes encontraba a Drycona y oía cómo nos
llamaba. Ahora bien; sin exprimirme mucho el cerebro para hallar la
explicación de esos negros enigmas, os podría decir en dos palabras su
misterioso sentido. Y es, os lo digo sobre mi fe, que en Colignac se le
agrian mucho los sueños y en cambio en Cussan nosotros intentaremos
endulzárselos. «Vamos allá -me dijo el conde-, puesto que este aguafiestas
tanto lo desea». Luego deliberamos si saldríamos aquel mismo día. Yo les
supliqué que se pusiesen en camino antes que yo, porque si, según habían

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