Cyrano de Bergerac (Historia cómica de los Estados e Imperios del Sol) Libros Clásicos

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graznido de cerrojos de mi antigua prisión. Así trabajado por este terror
me determiné a seguir pordioseando para cruzar, sin dar origen a
sospechas, lo que me quedaba por andar desde la ciudad hasta las puertas
de su muralla. Pero de miedo a que me reconociesen por la voz, añadí a la
maña de mostrarme mendigo la habilidad de fingirme mudo. Con lo cual me
adelantaba hacia quienes yo veía que me miraban, me señalaba con la punta
del dedo la barba, luego la boca y abría ésta bostezando y profiriendo un
grito no articulado para dar a entender con mi mueca que un mudo pedía
limosna. Y ya se me daba por caridad alguna limosna, ya sentía que me
deslizaban en la mano un mendrugo, o bien oía cómo las mujeres murmuraban
que en Turquía quizá hubiese sido martirizado por la Fe del modo que lo
estaba. Finalmente llegué a comprender que la pordiosería es un gran libro
que nos enseña las costumbres de los pueblos con más baratura que todos
los grandes viajes de Colón y de Magallanes.
Por lo demás, esta estratagema no pudo evitar la tornadiza condición
de mi destino ni evitar sus malos antojos para conmigo. ¿Pero a qué otra
maña pudiera yo haber recurrido? Porque al atravesar una grande ciudad
como Tolosa, donde mi retrato era conocido hasta por los vendedores de
arenques, y abigarradamente vestido con tan incoherentes guiñapos que casi
parecía un arlequín, ¿no era lo más fácil que fuese observado por todos y
reconocido luego, y la única defensa contra este peligro no era el
fingirme un pordiosero, papel que se hace con tan gran variedad de gestos?
Además, aunque esta astucia no la hubiésemos dispuesto con todas las
circunstancias que eran necesarias al caso, creo que entre tan funestas
conjeturas se necesitaba tener el juicio muy recio para no volverse loco.

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