A través del espejo (Lewis Carroll) Libros Clásicos

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-Este salón no lo tienen tan bien arreglado como el otro- pensó Alicia, al ver que varias piezas del ajedrez yacían desperdigadas entre las cenizas del hogar; pero al momento siguiente, y con un «¡ah!» de sorpresa, Alicia se agachó y a cuatro patas se puso a contemplarlas: ¡las piezas del ajedrez se estaban paseando por ahí de dos en dos!
-Ahí están el Rey negro y la Reina negra -dijo Alicia muy bajito por miedo de asustarlos, -y allá están el Rey blanco y la Reina blanca sentados sobre el borde de la pala de la chimenea... y por ahí van dos torres caminando del brazo... No creo que me puedan oír continuó Alicia- y estoy casi segura de que no me pueden ver. Siento como si en cierto modo me estuviera volviendo invisible.
En ese momento algo que estaba sobre la mesa detrás de Alicia empezó a dar unos agudos chillidos; Alicia volvió la cabeza justo a tiempo para ver como uno de los peones blancos rodaba sobre la tapa e iniciaba una notable pataleta: lo observó con gran curiosidad para ver qué iba a suceder luego.
-¡Es la voz de mi niña! -gritó la Reina blanca, mientras se abalanzaba hacia donde estaba su criatura, dándole al Rey un empellón tan violento que lo lanzó rodando por entre las cenizas. -¡Mi precioso lirio! ¡Mi imperial minina!- y empezó a trepar como podía por el guardafuegos de la chimenea.
-¡Necedades imperiales!- bufó el Rey, frotándose la nariz que se había herido al caer y, desde luego, tenía derecho a estar algo irritado. con la Reina pues estaba cubierto de cenizas de pies a cabeza.
Alicia estaba muy ansiosa por ser de alguna utilidad y como veía que a la pobre pequeña que llamaban Lirio estaba a punto de darle un ataque a fuerza de vociferar, se apresuró a auxiliar a la Reina; cogiéndola con la mano y levantándola por los aires la situó sobre la mesa al lado de su ruidosa hijita.
La Reina se quedó pasmada del susto: la súbita trayectoria por los aires la había dejado sin aliento y durante uno o dos minutos no pudo hacer otra cosa que abrazar silenciosamente a su pequeño Lirio. Tan pronto hubo recobrado el habla le gritó al Rey, que seguía sentado, muy enfurruñado, entre las cenizas -¡Cuidado con el volcán!
-¿Qué volcán?- preguntó el Rey mirando con ansiedad hacia el fuego de la chimenea, como si pensara que aquel fuese el lugar más indicado para encontrar uno.

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