Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

Página 51 de 193

Es asombroso que el mismo que antes se esforzaba por alcanzar la benevolencia de la sociedad, la desprecie cuando se ve acusado, y que se presente implorando, en cierto modo, la ayuda de la Convención contra los jacobinos". Súbitamente surge el odio personal; hasta en la fealdad física de Fouché encuentra motivo para denigrarlo. "¿Teme acaso -dijo sarcástico- los ojos y los oídos del pueblo? ¿Teme que su triste presencia delate demasiado claramente su crimen? ¿Teme que seis mil miradas enfocadas sobre él descubran toda su alma en sus pupilas, a pesar de que la Naturaleza las haya dotado de falsía y disimulo? ¿Teme que su lengua descubra la confusión y la contradicción del culpable? Toda persona razonable ha de reconocer que el miedo es el único motivo de su actitud, y todo el que teme las miradas de sus conciudadanos es culpable. Yo requiero aquí a Fouché ante el tribunal. Que se justifique y diga quién ha mantenido más dignamente los derechos de la representación del pueblo, él o nosotros, y quién de nosotros aniquiló más bravamente las parcialidades". Aún lo llama "bajo y despreciable impostor", cuya actitud es la confesión de sus crímenes, y habla con insinuaciones pérfidas de "hombres cuyas manos están llenas de botín y de crímenes". Termina con estas palabras amenazadoras: "Fouché se ha caracterizado lo bastante a sí mismo; he hecho esta advertencia únicamente para que sepan los conspiradores, para siempre, que no van a escapar a la vigilancia del pueblo".
Aunque estas palabras anuncian claramente una sentencia de muerte, la Asamblea obedece a Robespierre. Y sin vacilación expulsa, como indigno del club de los jacobinos, a su antiguo presidente.
Ya está Joseph Fouché predestinado a la guillotina como un tronco de árbol que espera el golpe del hacha. La exclusión del club de los jacobinos supone el estigma y la acusación de Robespierre, y tan enconada actitud equivale a una condena segura. Fouché está amortajado en pleno día. Todos esperan a cada momento su detención, y él más que nadie. Ya no duerme en su casa, en su propia cama, por miedo de que a media noche lleguen los gendarmes, como sucedió con Danton y Desmoulins.
Se oculta en casa de unos amigos valerosos, porque hay que tener valor para cobijar a un proscrito oficial, y hasta supone valor hablar públicamente con él. La Policía sigue cada uno de sus pasos, dirigida por Robespierre, y da cuenta de sus relaciones, de sus visitas.

Página 51 de 193
 


Grupo de Paginas:           

Compartir:




Diccionario: