La lucha con el demonio (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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La única fuerza personal de Hölderlin es su ímpetu interior. El poeta no desciende nunca a lo bajo, a lo terrenal, a lo que la vida cotidiana contamina; de un solo salto, como si volara, asciende a un mundo superior, donde está para él la patria. No vive en la realidad: tiene su mundo, un mundo propio, un "más allá" armonioso, y aspira a subir cada vez más.
¡Melodías tendidas allá arriba, en lo infinito, quisiera volver hacia vosotras, eternamente!
Se lanza siempre, como una flecha desde un arco misterioso, hacia las alturas, porque para sentir su propio "yo" le hace falta ascender y hallarse en esferas de sueño exaltado. Un temperamento de esta naturaleza debía estar siempre ten-so peligrosamente, y lo estuvo desde un comienzo. Cuando Schiller habla de él, se refiere censurando, sin loas ni admiración, a la violencia impetuosa de Hölderlin, a su falta de firmeza. Sin embargo, los indecibles entusiasmos en que se borra el espacio y el tiempo y que liberan al espíritu para convertirlo en dios, esas convulsiones fuera del propio "yo" son la base, en la que se funda Hölderlin. Constantemente fluyendo y refluyendo, le es imposible ser poeta sin serlo totalmente, con toda el alma. En las horas negras de su vida, cuando no tiene inspiración, Hölderlin es el más miserable, el más esclavo, el más desesperado y sombrío de los seres, en su exaltación en cambio, es el más feliz y el más libre de todos.
Pero, a fuer de sinceros, hay que reconocer que el entusiasmo de nuestro poeta carece de toda sustancia; está lleno solamente de entusiasmo y por lo mismo el poeta no se entusiasma, sino cuando canta el entusiasmo, que para él es sujeto y objeto a un mismo tiempo, y si no tiene formas es por ser suprema plenitud, y si no tiene límites es por venir de lo eterno y volver a lo eterno. Shelley, que tiene un estrecho parentesco espiritual con Hölderlin, une siempre el entusiasmo a lo terrenal, para él se vincula a los ideales de la sociedad, al amor por la libertad o al progreso universal. El entusiasmo de Hölderlin, en cambio, hecho de humo, sube directamente al cielo y se pierde en la oscuridad; reposa sólo en sí mismo y nunca es más que la sensación de una dicha divina sobre la tierra. Para él el placer y su descripción son una misma, una única cosa: para describirlo debe gozarlo y para gozarlo ha de describirlo.

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