Las amistades peligrosas (Choderlos de Laclos) Libros Clásicos

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Siendo así, ya no es sólo una compasión pasajera determinada por la circunstancia, es un proyecto decidido de hacer el bien, es una beneficencia cuidadosa, es la virtud más hermosa de las almas bellas; pero sea puro azar o proyecto, es una acción honrada y loable, y que al oírla me ha enternecido hasta hacerme derramar lágrimas. Añadiré además, y siempre para hacerle justicia, que cuando le he hablado de esta accion, de la cual no decía una palabra, comenzó por negarla, y cuando la admitió parecía darle tan poco valor, que su modestia redoblaba su mérito.
Ahora, dígame usted, mi respetable amiga: ¿el señor de Valmont es en efecto un libertino incorregible? Si no es otra cosa y se conduce así, ¿qué les queda por hacer a los hombres de bien? ¡Cómo! ¿Los malvados partirían con los buenos el placer sagrado de la beneficencia? ¿Dios permitiría que una familia virtuosa recibiese de la mano de un pícaro los socorros de que ella daría gracias a su divina Providencia? ¿y podría complacerse en oír a sus labios puros echar bendiciones a un réprobo? No, quiero mejor creer que sus errores, aunque de larga duración, no son eternos y no puedo pensar que quien hace el bien sea enemigo de la virtud El señor de Valmont es sólo acaso un ejemplo más del peligro que suelen tener las amistades. Me detengo en esta idea que me agrada. Si por una parte puede servir para justificarle con usted, por otra me hace apreciar más y más la tierna amistad que me une con usted para toda la vida.
Tengo el honor de ser, etc.
P. D. La señora de Rosemonde y yo vamos en este momento a ver también a la familia desgraciada y a unir nuestros socorros tardíos a los de Valmont.
Haremos que nos acompañe y por lo menos daremos a estas buenas gentes el gusto de que vuelvan a ver a su bienhechor. Esto es creo, lo único que nos ha dejado por hacer.
En..., a 20 de agosto de 17...

CARTA XXIII
EL VIZCONDE DE VALMONT A LA MARQUESA DE MERTEUIL
Llegaba en mi última carta al punto en que regresé a la quinta, y vuelvo a tomar el hilo de mi cuento.
No tuve tiempo sino para vestirme de prisa, y salí a la sala, en donde mi hermosa estaba bordando, mientras el cura del lugar leía la Gaceta a mi anciana tía.

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