Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) Libros Clásicos

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Tal vez no estuviera suficientemente caracterizada si se omitiera que llevaba el pelo castaño tirante, recogido en trenzas que se enroscaban detrás, de forma que la silueta de la cabeza quedaba atrevidamente expuesta en una época en la que el sentir público exigía que la mediocridad de la naturaleza se disimulara con altas barricadas de rizos y lazos, nunca superadas por ninguna gran raza salvo la melanésica.

Era esta una característica del ascetismo de la señorita Brooke. Pero no había ni rastro de la expresión de un asceta en los grandes ojos brillantes que miraban hacia adelante, y sin ver conscientemente, absorbían dentro de la intensidad de su ánimo la gloria solemne de la tarde, con sus largas bandas de luz entre las lejanas hileras de tilos, cuyas sombras se tocaban.

Todas las personas, jóvenes y mayores (es decir, todos las personas en aquellos tiempos anteriores a la reforma), la hubieran considerado un objeto interesante de haber atribuido el ardor en sus ojos y mejillas a las recientemente despertadas imágenes usuales del amor joven: la poesía ha consagrado suficientemente las ilusiones de Cloe por Estrefón, como debe consagrarse la patética hermosura de toda confianza espontánea. La señorita Pippin adorando al joven Pumpkin y soñando con interminables horizontes de apetecida compañía constituía un pequeño drama que jamás cansaba a nuestros padres y que había adoptado un sinfín de formas. Bastaba con que Pumpkin tuviera una figura que aguantara las desventajas del frac, con su talle alto, para que todo el mundo encontrara no sólo natural sino necesario para la perfección del estado de ser mujer, que una dulce joven se convenciera al momento de la virtud de aquél, de su excepcional habilidad y, sobre todo, de su absoluta sinceridad. Pero quizá nadie que viviera entonces, sin duda nadie que viviera en Tipton, hubiera comprendido los sueños de una joven cuya idea del matrimonio venía totalmente coloreada por un exaltado entusiasmo acerca de los fines de la vida, un entusiasmo encendido principalmente por su propio fuego y que no incluía ni las delicadezas de un ajuar, ni el dibujo de la vajilla ni tan siquiera los honores y las dulces alegrías de la radiante esposa.

Se le había ahora ocurrido a Dorothea que el señor Casaubon pudiera querer hacerla su esposa, y la idea de que así fuera la enternecía con una especie de reverente gratitud. ¡Qué bondad la suya! ¡Era casi como si un mensajero alado se hubiera de pronto detenido a su lado y extendiera hacia ella sus manos! Durante un buen rato se había sentido oprimida por la confusión que pendía en su mente, como una espesa neblina de verano, respecto de su deseo de hacer de su vida algo muy eficaz.

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