Doble culpabilidad (Agatha Christie) Libros Clásicos

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Bien, pues él las recuperará.
-¡Monsieur Poirot! ¡El gran monsieur Poirot!
Mi amigo era lo suficiente vanidoso para sentirse halagado ante esa exclamación.
-Sí, hijita. Yo soy el gran Poirot. Confíe su pequeño problema a mis facultades. Haré cuanto pueda. No obstante, le diré que, posiblemente, sea un poco tarde. Dígame, ¿forzaron también la cerradura del maletín?
Mary sacudió negativamente la cabeza.
-Veámoslo, por favor.
Nos trasladamos a la habitación de la joven y mi amigo examinó el maletín. Obviamente, había sido abierto con una llave.
-Un trabajo sencillísimo -dijo Poirot-. Estos maletines están hechos en serie y sus cerraduras apenas difieren. Bueno, telefoneemos a la policía. Veré también al señor Baker Wood; me cuidaré de este asunto.
Cuando le pregunté por qué temía que fuese un poco tarde, me contestó:
-Mon cher, dije que soy lo contrario de un prestidigitador, y que hago aparecer las cosas... perdidas. Pues bien, imagino que alguien me ha tomado la delantera. ¿Me entiende?
Desapareció en el interior de una cabina telefónica, para salir cinco minutos después con semblante grave.
-Lo que temí -dijo-. Una señora ha visitado al señor Wood con las miniaturas hace media hora. Se presentó como enviada por la señorita Elizabeth Penn. ¡Y él ha pagado en el acto!
-¿Hace media hora? Así fue antes de que llegáramos aquí -comenté.
Poirot se sonrió, enigmático.
-Los coches Speedy son muy veloces, pero un vehículo con motor más potente llegaría a Monkhampton con una hora de ventaja por lo menos.
-¿Y qué hacemos?
-Mi buen Hastings es un hombre práctico. Informaremos a la policía. Trataremos de ayudar a la señorita Durrant y, decididamente, celebraremos una interesantísima entrevista con el señor J. Baker Wood.
La pobre Mary, terriblemente anonadada, temía que su tía la culpase.
-Cosa muy probable -me dijo Poirot mientras nos encaminábamos al hotel Seaside, donde se hospedaba el señor Wood-. Y con toda justicia. ¡A quién se le ocurre abandonar un maletín con efectos valorados en quinientas libras! De todos modos, mon ami, hay uno o dos puntos raros en este asunto. La caja, por ejemplo, ¿por qué la forzaron?
-iHombre! -exclamé-. ¡Para sacar las miniaturas!
-¿Y no le parece una torpeza? Supongamos que el ladrón, con el pretexto de retirar el Suyo, remueve el equipaje del autocar a la hora de comer. ¿No cree más sencillo abrir el maletín, pasar la caja sin abrir al suyo y marcharse sin pérdida de tiempo?

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