Los relojes (Agatha Christie) Libros Clásicos

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- No estoy de acuerdo.
Se produjo otra pausa en la conversación. Luego le pregunté:
- ¿Descubrió la identidad de la muchacha... aquel día?
- Sólo cuando oí pronunciar su nombre... He estado informada
sobre ella... siempre.
- Jamás fue usted tan poco humana como le hubiera gustado llegar
a ser.
- No diga tonterías.
Volví a consultar mi reloj.
- El tiempo pasa - señalé.
Millicent Pebmarsh se apartó de la ventana para deslizarse tras una
mesa.
- Tengo una fotografía aquí de cuando era todavía una niña.,.
Yo me encontraba detrás de ella cuando abrió el cajón. No, no era
un arma automática. Se trataba de un pequeño puñal no menos
temible. Mi mano se aferró fuertemente sobre la suya obligándole a
soltar aquél.
- Puede que sea blando, pero no estúpido - le dije.
Millicent Pebmarsh se dejó caer sobre una silla, sin revelar la menor
emoción.
- No voy a aceptar su ofrecimiento. ¿Qué conseguiría? Me quedaré
aquí hasta que los suyos vengan. Siempre surgen oportunidades,
incluso dentro de la prisión.
- ¿Convenciendo a los demás, quizás?
- Ya que lo ha citado le diré que es un procedimiento.
Estábamos sentados uno frente a otro. Eramos dos personas
hostiles que, a pesar de todo, se comprendían.
- He solicitado mi baja en el Servicio - le expliqué- . Volveré a mi
trabajo de siempre, a la biología marítima. Quizá se me presente la
ocasión de ocupar la cátedra que de esta asignatura hay vacante en
una Universidad de Australia.
- Veo que es usted un hombre prudente. Aún no ha logrado sentir
lo que da nuestra actividad. Es usted como el padre de Rosemary,
quien no pudo comprender nunca esta frase de Lenin: «Hay que
desterrar la dulzura.»
Pensé en las palabras de Hércules Poirot.
- Estoy contento - declaré- . Soy un ser humano...
Continuamos sentados en silencio. Cada uno de nosotros, como
ocurre siempre, convencido de que el otro se hallaba en un error.

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