Mucho ruido y pocas nueces (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Mas espero que no intentaréis convertiros en marido, ¿no es eso?
CLAUDIO.-No respondería de mí, aunque hubiese jurado lo contrario, si Hero consintiese en ser mi esposa.
BENEDICTO.-¿Ésas tenemos? ¡Por mi fe! ¿No habrá en el mundo un solo hombre que no quiera llevar su gorra de un modo sospechoso? ¿No lograré ver nunca un solterón de sesenta años? ¡Adelante, por vida mía! Puesto que te empeñas en doblar tu cuello al yugo, ostenta la marca y pasa los domingos suspirando. Mirad, don Pedro vuelve en busca vuestra. Vuelve a entrar DON PEDRO.
DON PEDRO.-¿Qué secreto os detiene aquí que no habéis acompañado a Leonato a su casa?
BENEDICTO.-Quisiera que vuestra alteza me constriñese a hablar.
DON PEDRO.-Te lo ordeno por tu obediencia de súbdito.
BENEDICTO.-Ya lo oís, conde Claudio. Puedo guardar un secreto como un mudo; estad convencido de ello. Pero la obediencia... Fijaos bien; se trata de la obediencia... Está enamorado. ¿De quién? Eso es lo que debe preguntarme ahora vuestra gracia. Advertid cuán breve es la respuesta: de Hero, la hija menor de Leonato.
CLAUDIO.-Si así fuera, así se diría.
BENEDICTO.-Como el viejo cuento, señor: «Ni es así, ni así fue; empero, a la verdad, no permita Dios que así sea».
CLAUDIO.-Si mi pasión no cambia pronto, no quiera Dios que sea de otra manera.
DON PEDRO.-Amén, si la amáis, que la dama es muy digna de ello.
CLAUDIO.-Habláis así para sondearme, señor.
DON PEDRO.-Por mi honor, que expreso mi pensamiento.
CLAUDIO.-Pues a fe mía, señor, que hago otro tanto.
BENEDICTO.-Y por mi doble honor y fe, señor, que os imito.
CLAUDIO.-Que la amo es lo que sé.
DON PEDRO.-Que es digna de ello, me consta.
BENEDICTO.-Pues yo ni sé cómo se la pueda amar, ni me consta que sea digna de que se la ame. Ésta es mi opinión, de que no haría desdecirme el fuego. Me dejaría morir en el brasero por ella.
DON PEDRO.-Tú siempre fuiste un hereje obstinado en negar culto a la hermosura.
CLAUDIO.-Y jamás pudo sostener su papel sino violentando su voluntad.
BENEDICTO.-Que me haya concebido una mujer, es cosa que le agradezco; que me haya criado, también es cosa por la cual le doy mis más humildes gracias; pero que sobre mi cabeza resuene una cadencia de cuerno de montería,

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