A vuestro gusto (William Shakespeare) Libros Clásicos

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Si le ha hecho justicia, será él quien se habrá ofendido a sí propio; si no, mi invectiva habrá pasado volando como el ganso silvestre que ningún hombre reclama por suyo. Pero ¿quién viene? (Entra Orlando, espada en mano.)
ORLANDO.- Deteneos y no sigáis comiendo. JAQUES.- Pues aún no he probado, bocado. ORLANDO.- Ni lo probéis antes que la miseria sea socorrida. JAQUES.- ¿Qué clase de pájaro es éste? DUQUE.- ¿Es la miseria la que te hace proceder así, hombre atrevido, o eres un grosero ignorante de los buenos modales, para mostrarte tan falto de buena crianza? ORLANDO.- Acertasteis al principio. La aguda es­pina de la más rigurosa necesidad, me privó de mostrarme suave y cortés. Nací tierra adentro, y tengo alguna cultura. Pero, deteneos, repito, porque si alguno toca a estos frutos antes que yo haya cum­plido mi propósito, morirá. JAQUES.-Y si no admitís razones en respuesta, ha­bré de morir. DUQUE.- ¿Qué deseáis? Nos forzaría a ser bené­volos vuestra cortesía, más que nos inclinaría a
bondad vuestra fuerza. ORLANDO.- Estoy casi muerto de hambre. De­jadme tomar alimento DUQUE.- Sentaos y alimentaos y sed bien venido a nuestra mesa.
ORLANDO.- ¿Habláis afablemente? Os ruego que me perdonéis. Parecíame que todo había de ser sal­vaje en este lugar, y por eso tomé un aspecto impe­rioso e inflexible. Pero quienes quiera que seáis, los que en este desierto inaccesible, a la sombra de me­lancólico ramaje veis correr indiferentes las cansa­das horas del tiempo; si alguna vez visteis días me­jores; si alguna vez oísteis el tañer de las campanas llamándoos al templo; si os habéis sentado al ban­quete de un hombre de bien; y si alguna vez enju­gasteis de vuestros párpados alguna lágrima de piedad y sabéis lo que es compadecer y ser compa­decidos, dejad que la humildad sea mi principal fuerza, y en tal esperanza envaino, sonrojándome, este acero. DUQUE.- En verdad, hemos visto días mejores, y la sagrada campana nos ha llamado al templo, y nos hemos sentado a las fiestas de hombres buenos, y hemos enjugado de nuestros párpados lágrimas arrancadas por la santa piedad; así, pues, sentaos tranquilamente y disponed de cuanta ayuda pode­mos ofrecer en alivio de vuestras necesidades. ORLANDO. – Pues bien: aplazad por momentos vuestro alimento, mientras voy, como la cierva, en busca de mi cervato para alimentarlo. Hay allí un pobre anciano que siguió con paso fatigado mi largo camino, movido por el más desinteresado afecto.

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