Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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los incómodos de la tierra.
-Poco tengo yo que ver en eso -respondió el ventero-; págueseme lo que se
me debe, y dejémonos de cuentos ni de caballerías, que yo no tengo cuenta
con otra cosa que con cobrar mi hacienda.
-Vos sois un sandio y mal hostalero -respondió don Quijote.
Y, poniendo piernas al Rocinante y terciando su lanzón, se salió de la
venta sin que nadie le detuviese, y él, sin mirar si le seguía su escudero,
se alongó un buen trecho.
El ventero, que le vio ir y que no le pagaba, acudió a cobrar de Sancho
Panza, el cual dijo que, pues su señor no había querido pagar, que tampoco
él pagaría; porque, siendo él escudero de caballero andante, como era, la
mesma regla y razón corría por él como por su amo en no pagar cosa alguna
en los mesones y ventas. Amohinóse mucho desto el ventero, y amenazóle que
si no le pagaba, que lo cobraría de modo que le pesase. A lo cual Sancho
respondió que, por la ley de caballería que su amo había recebido, no
pagaría un solo cornado, aunque le costase la vida; porque no había de
perder por él la buena y antigua usanza de los caballeros andantes, ni se
habían de quejar dél los escuderos de los tales que estaban por venir al
mundo, reprochándole el quebrantamiento de tan justo fuero.
Quiso la mala suerte del desdichado Sancho que, entre la gente que estaba
en la venta, se hallasen cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del
Potro de Córdoba y dos vecinos de la Heria de Sevilla, gente alegre, bien
intencionada, maleante y juguetona, los cuales, casi como instigados y
movidos de un mesmo espíritu, se llegaron a Sancho, y, apeándole del asno,
uno dellos entró por la manta de la cama del huésped, y, echándole en ella,
alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo de lo que habían
menester para su obra, y determinaron salirse al corral, que tenía por
límite el cielo. Y allí, puesto Sancho en mitad de la manta, comenzaron a
levantarle en alto y a holgarse con él como con perro por carnestolendas.
Las voces que el mísero manteado daba fueron tantas, que llegaron a los
oídos de su amo; el cual, determinándose a escuchar atentamente, creyó que
alguna nueva aventura le venía, hasta que claramente conoció que el que
gritaba era su escudero; y, volviendo las riendas, con un penado galope
llegó a la venta, y, hallándola cerrada, la rodeó por ver si hallaba por
donde entrar; pero no hubo llegado a las paredes del corral, que no eran
muy altas, cuando vio el mal juego que se le hacía a su escudero.

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