Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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yo y cuatro zagales, los dos criados y los dos amigos míos, de buscarle
hasta tanto que le hallemos, y, después de hallado, ya por fuerza ya por
grado, le hemos de llevar a la villa de Almodóvar, que está de aquí ocho
leguas, y allí le curaremos, si es que su mal tiene cura, o sabremos quién
es cuando esté en sus seso, y si tiene parientes a quien dar noticia de su
desgracia». Esto es, señores, lo que sabré deciros de lo que me habéis
preguntado; y entended que el dueño de las prendas que hallastes es el
mesmo que vistes pasar con tanta ligereza como desnudez -que ya le había
dicho don Quijote cómo había visto pasar aquel hombre saltando por la
sierra.
El cual quedó admirado de lo que al cabrero había oído, y quedó con más
deseo de saber quién era el desdichado loco; y propuso en sí lo mesmo que
ya tenía pensado: de buscalle por toda la montaña, sin dejar rincón ni
cueva en ella que no mirase, hasta hallarle. Pero hízolo mejor la suerte de
lo que él pensaba ni esperaba, porque en aquel mesmo instante pareció, por
entre una quebrada de una sierra que salía donde ellos estaban, el mancebo
que buscaba, el cual venía hablando entre sí cosas que no podían ser
entendidas de cerca, cuanto más de lejos. Su traje era cual se ha pintado,
sólo que, llegando cerca, vio don Quijote que un coleto hecho pedazos que
sobre sí traía era de ámbar; por donde acabó de entender que persona que
tales hábitos traía no debía de ser de ínfima calidad.
En llegando el mancebo a ellos, les saludó con una voz desentonada y
bronca, pero con mucha cortesía. Don Quijote le volvió las saludes con no
menos comedimiento, y, apeándose de Rocinante, con gentil continente y
donaire, le fue a abrazar y le tuvo un buen espacio estrechamente entre sus
brazos, como si de luengos tiempos le hubiera conocido. El otro, a quien
podemos llamar el Roto de la Mala Figura -como a don Quijote el de la
Triste-, después de haberse dejado abrazar, le apartó un poco de sí, y,
puestas sus manos en los hombros de don Quijote, le estuvo mirando, como
que quería ver si le conocía; no menos admirado quizá de ver la figura,
talle y armas de don Quijote, que don Quijote lo estaba de verle a él. En
resolución, el primero que habló después del abrazamiento fue el Roto, y
dijo lo que se dirá adelante.


Capítulo XXIV. Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena

Dice la historia que era grandísima la atención con que don Quijote

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