Don Quijote de la Mancha (Miguel de Cervantes Saavedra) Libros Clásicos

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lágrimas, que los mismos que acompañaban a don Fernando, y cuantos
presentes estaban, la acompañaron en ellas. Escuchóla don Fernando sin
replicalle palabra, hasta que ella dio fin a las suyas y principio a tantos
sollozos y suspiros, que bien había de ser corazón de bronce el que con
muestras de tanto dolor no se enterneciera. Mirándola estaba Luscinda, no
menos lastimada de su sentimiento que admirada de su mucha discreción y
hermosura; y, aunque quisiera llegarse a ella y decirle algunas palabras de
consuelo, no la dejaban los brazos de don Fernando, que apretada la tenían.
El cual, lleno de confusión y espanto, al cabo de un buen espacio que
atentamente estuvo mirando a Dorotea, abrió los brazos y, dejando libre a
Luscinda, dijo:

-Venciste, hermosa Dorotea, venciste; porque no es posible tener ánimo para
negar tantas verdades juntas.

Con el desmayo que Luscinda había tenido, así como la dejó don Fernando,
iba a caer en el suelo; mas, hallándose Cardenio allí junto, que a las
espaldas de don Fernando se había puesto porque no le conociese,
prosupuesto todo temor y aventurando a todo riesgo, acudió a sostener a
Luscinda, y, cogiéndola entre sus brazos, le dijo:

-Si el piadoso cielo gusta y quiere que ya tengas algún descanso, leal,
firme y hermosa señora mía, en ninguna parte creo yo que le tendrás más
seguro que en estos brazos que ahora te reciben, y otro tiempo te
recibieron, cuando la fortuna quiso que pudiese llamarte mía.

A estas razones, puso Luscinda en Cardenio los ojos, y, habiendo comenzado
a conocerle, primero por la voz, y asegurándose que él era con la vista,
casi fuera de sentido y sin tener cuenta a ningún honesto respeto, le echó
los brazos al cuello, y, juntando su rostro con el de Cardenio, le dijo:

-Vos sí, señor mío, sois el verdadero dueño desta vuestra captiva, aunque
más lo impida la contraria suerte, y, aunque más amenazas le hagan a esta
vida que en la vuestra se sustenta.

Estraño espectáculo fue éste para don Fernando y para todos los
circunstantes, admirándose de tan no visto suceso. Parecióle a Dorotea que
don Fernando había perdido la color del rostro y que hacía ademán de querer
vengarse de Cardenio, porque le vio encaminar la mano a ponella en la
espada; y, así como lo pensó, con no vista presteza se abrazó con él por
las rodillas, besándoselas y teniéndole apretado, que no le dejaba mover,
y, sin cesar un punto de sus lágrimas, le decía:

-¿Qué es lo que piensas hacer, único refugio mío, en este tan impensado
trance? Tú tienes a tus pies a tu esposa, y la que quieres que lo sea está

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