Misas herejes (Evaristo Carriego) Libros Clásicos

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Ahí va la vieja, como una hiriente fórmula ruda de una ironía: llena de sombras en la esplendente en la serena gloria del día.
Tal vez alguna visión extraña ha conmovido su indiferencia, pues ha cruzado triste y huraña como una imagen de la demencia.
¡Y allá -sombría, y adusto el ceño, obsesionada por las crueldades-va taciturna, como un ensueño que derrotaron las realidades!

El guapo
A la memoria de San Juan Moreira Muy devotamente
El barrio le admira. Cultor del coraje, conquistó, a la larga, renombre de osado; se impuso en cien riñas entre el compadraje y de las prisiones salió consagrado.
Conoce sus triunfos, y ni aun le inquieta la gloria de otros, de muchos temida, pues todo el Palermo de acción le respeta y acata su fama, jamás desmentida.
Le cruzan el rostro, de estigmas violentos, hondas cicatrices, y quizás le halaga llevar imborrables adornos sangrientos: caprichos de hembra que tuvo la daga.
La esquina o el patio, de alegres reuniones, le oye contar hechos, que nadie le niega: ¡con una guitarra de altivas canciones el es Juan Moreira, y el es Santos Vega!
Con ese sombrero que inclinó a los ojos, con esa melena que peinó al descuido, cantando aventuras, de relatos rojos, parece un poeta que fuese bandido.

Las mozas más lindas del baile orillero para él no se muestran esquivas y hurañas, tal vez orgullosas de ese compañero que tiene aureolas de amores, y hazañas.
Nada se le importa de la envidia ajena, ni que el rival pueda tenderle algún lazo: no es un enemigo que valga la pena... pues ya una vez lo hizo ca.

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