El cura de Tours (Honore de Balzac) Libros Clásicos

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Birotteau, por su desgracia, había desarrollado en Sofía Gamard los únicos sentimientos que tan ruin criatura podía experimentar, los del odio, que, latentes hasta entonces a causa de la calma y la monotonía de una vida provinciana, cuyo horizonte se había estrechado aún más para ella, debían adquirir tanta más intensidad cuanto que iban a emplearse en cosas pequeñas en medio de una esfera minúscula. Birotteau era de esas personas predestinadas a sufrirlo todo, porque no sabiendo ver nada, nada saben evitar: todo cae sobre ellas.
     -Sí, hará buen día -respondió al cabo de un momento el canónigo, que parecía salir de su abstracción con deseos de practicar las leyes de la cortesía.
     Birotteau, asustado del tiempo transcurrido entre sus palabras y la contestación porque por primera vez en su vida había tomado el café sin hablar, salió del comedor, donde el corazón se le oprimía angustiosamente. Como la taza de café le pesaba en el estómago, se puso a discurrir tristemente por los angostos paseos bordeados de boj que dibujaban una estrella en el jardín. Pero al retornar, después de la primera vuelta, vio plantados silenciosamente en el umbral de la puerta del salón a la señorita Gamard y al abate Troubert; él, cruzado de brazos o inmóvil, como la estatua de una tumba; ella, apoyada en la puerta persiana. Los dos parecían, mirándole, contar el número de sus pasos. Nada más molesto para una criatura naturalmente tímida que ser objeto de un examen curioso; pero si este examen es hecho por los ojos del odio, la especie de sufrimiento que causa se convierte en martirio intolerable. El abate Birotteau imaginó en seguida que estaba impidiendo pasear a la señorita Gamard y al canónigo.

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