Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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nada de esto y que
si dicen algo caigan
allí mismo muertos
y fenezcan.

No menos pasmado quedó Huckleberry de la facilidad con que Tom escribía que de la fluidez y grandiosidad de su estilo. Sacó en seguida un alfiler de la solapa y se disponía a pincharse un dedo, pero Tom le detuvo.
-¡Quieto! -le dijo-. No hagas eso. Los alfileres son de cobre y pueden tener cardenillo.
-¿Qué es eso?
-Veneno. Eso es lo que es. No tienes más que tragar un poco... y ya verás.
Tom quitó el hilo de una de sus agujas, y cada uno de ellos se picó la yema del pulgar y se la estrujó hasta sacar sendas gotas de sangre.
Con el tiempo, y después de muchos estrujamientos, Tom consiguió firmar con sus iniciales, usando la propia yema del dedo como pluma. Después enseñó a Huck la manera de hacer una H y una F, y el juramento quedó completo. Enterraron la tablilla junto al muro, con ciertas lúgubres ceremonias y conjuros, y el candado que se habían echado en las lenguas se consideró bien cerrado y la llave tirada a lo lejos.
Una sombra se escurrió furtiva a través de una brecha en el otro extremo del ruinoso edificio, pero los muchachos no se percataron de ello.
-Tom -cuchicheó Huckleberry-, ¿con esto ya no hay peligro de que hablemos nunca jamás?
-Por supuesto que no. Ocurra lo que ocurra, tenemos que callar. Nos caeríamos muertos...; ¿no lo sabes?
-Me figuro que sí.
Continuaron cuchicheando un rato. De pronto un perro lanzó un largo y lúgubre aullido al lado de la misma casa, a dos varas de ellos. Los chicos se abrazaron impetuosamente muertos de espanto.
-¿Por cuál de nosotros dos será? -balbuceó Huckleberry.
-No lo sé...; mira por la resquebraja ¡De prisa!
-No; mira tú, Tom.
-No puedo..., no puedo, Huck.
-Anda, Tom... ¡Ya vuelve otra vez!
-¡Ah! ¡Gracias a Dios! Conozco el ladrido; ése es Bull Harbison2[L2]
-¡Cuánto me alegro! Te digo que estaba medio acabado del susto. Hubiera apostado a que era un perro sin amo.
El perro repitió el aullido. A los chicos se les encogió de nuevo el corazón.
-¡Dios nos socorra! Ése no es Bull Harbison -murmuró Huckleberry-. ¡Mira, Tom, mira!
Tom, tiritando de miedo, cedió y asomó el ojo a la rendija. Apenas se percibía su voz cuando dijo:
-¡Ay, Huck! Es un perro sin amo.

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