Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Al instante se calmaron todas sus aprensiones y recobró la paz del alma: la «indiferencia» se hizo añicos y desapareció al punto. El chico no podía haber mostrado más intenso y desaforado interés si le hubiera puesto una hoguera debajo.
Tom sintió que era ya hora de despertar: aquella vida podía ser todo lo romántica que convenía a su estado de ánimo, pero iba teniendo muy poco de sentimentalismo y era excesiva y perturbadoramente variada. Meditó, pues, diversos planes para buscar alivio, y finalmente dio en fingir que le gustaba el «matadolores». Lo pedía tan a menudo que llegó a hacerse insoportable, y la tía acabó por decirle que tomase él mismo lo que tuviera en gana y no la marease más. Si hubiese sido Sid no hubiera ella tenido ninguna suspicacia que alterase su gozo; pero como se trataba de Tom, vigiló la botella clandestinamente. Se convenció así de que, en efecto, el medicamento disminuía; pero no se le ocurrió pensar que el chico estaba devolviendo la salud, con él, a una resquebrajadura que había en el piso de la sala.
Un día estaba Tom en el acto de administrar la dosis a la grieta, cuando el gato amarillo de su tía llegó ronroneando, con los ojos ávidos fijos en la cucharilla y mendigando para que le diesen un poco. Tom dijo:
-No lo pidas, a menos que lo necesites, Perico.
Pero Perico dejó ver que lo necesitaba.
-Más te vale estar bien seguro.
Perico estaba seguro.
-Pues tú lo has pedido, voy a dártelo, para que no creas que es tacañería; pero si luego ves que no te gusta no debes echar la culpa a nadie más que a ti.
Perico asintió: así es que Tom le hizo abrir la boca y le vertió dentro el «matadolores». Perico saltó un par de veces en el aire, exhaló en seguida un salvaje grito de guerra y se lanzó a dar vueltas y vueltas por el cuarto, chocando contra los muebles, volcando tiestos y causando general estrago. Después se irguió sobre las patas traseras y danzó alrededor, en un frenesí de deleite, con la cabeza caída sobre el hombro y proclamando a voces su desaforada dicha. Marchó en seguida, disparado, por toda la casa, esparciendo el caos y la desolación en su camino. La tía Polly entró a tiempo de verle ejecutar unos dobles saltos mortales, lanzar un formidable ¡hurra! final, y salir volando por la ventana llevándose con él lo que quedaba de los tiestos.

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