El abanico de Lady Windermere (Oscar Wilde) Libros Clásicos

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No es que vayan verla
muchas señoras, no; pero, en cambio, tiene un sinfín
de amistades del sexo masculino, todos ellos
calaveras de profesión, y mi hermano entre otros,
como le dije a usted; y esto es justamente lo que
agrava la conducta de Windermere. ¡Y nosotros que
le teníamos por un marido modelo! Mis sobrinas,
las de Saville -usted las conoce, creo-, unas
muchachas muy caseras, y feas, horrorosamente
feas, pero ¡tan buenas! -se pasan la vida al balcón
haciendo labores de fantasía. Y esos trajes para los
pobres, horribles, sí, pero muy útiles en estos tiempos
tremendos de socialismo-. Pues, figúrese usted
que esa mujer ha tomado una casa frente a la de
ellas. ¡Parece mentira, una calle tan respetable! No
sé, realmente, adónde vamos a parar. Bueno; pues
ellas me han dicho que Windermere va a verla cuatro
y cinco veces por semana. Ellas le ven entrar; no
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OSCAR WILDE
tienen más remedio. Y aunque ellas no sean aficionadas
a chismes y cuentos, pues claro, no han po-
dido menos de contárselo a todo el mundo. Y lo
peor, según parece, es que esa mujer vive, y muy
bien, a costa de alguien, pues hace seis meses,
cuando llegó a Londres, no traía, por decirlo así, ni
un céntimo, y ahora tiene esa casa divinamente
puesta, según dicen los que la han visto, y coche
propio, y ¡qué sé yo! Todo ello desde que conoce a
ese pobre Windermere.
LADY WINDERMERE.- ¡Oh, no puedo creerlo!
DUQUESA.- Pues es la pura verdad, querida.
Todo Londres lo sabe. Por eso he creído de mi
deber venir a hablar con usted para aconsejarla que
se lleve a Windermere una temporada fuera de
Londres, a Trouville, por ejemplo, o a Niza, o a
algún sitio donde se distraiga, y donde usted pueda
vigilarle durante todo el día. No sabe usted, querida,
las veces que en mi vida de casada he tenido que

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