Cartas desde mi molino (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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ciencia ese marido! Debe también decirse que la
amoladora es descaradamente guapa... un verdadero
bocado de cardenal, pizpireta, muy nona, bien for-
mada Y además blanca de piel y con ojos de color
de avellana que siempre miran a los hombres rién-
dose. ¡A fe, parisiense mío, que si alguna vez pasa
usted por Beaucaire! ...
-¡Oh, calla, panadero, te lo suplico! -exclamó
una vez más el pobre amolador con voz desgarra-
dora.
En ese momento detúvose la diligencia. Esta-
bamos en la masía de los Anglores. Allí se apearon
los dos boquereuses, y juro a ustedes que no los re-

A L F O N S O D A U D E T

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tuve. ¡Farsante de panadero! Estaba ya dentro del
patio del cortijo, y aún se le oía reír.
Cuando salió la gente, pareció quedarse vacía la
baca. El camargués habíase quedado en Arlés el
conductor iba a pie por la carretera, junto a los ca-
ballos. El amolador y yo, cada cual en su respectivo
rincón, nos quedamos solos allá arriba, sin chistar.
Hacía calor, abrasaba el cuero de la baca. Por mo-
mentos sentí cerrárseme los ojos y que la cabeza se
me ponía pesada, pero, imposible dormir. Conti-
nuaba sin cesar zumbándome en los oídos aquel
«cállate, te lo suplico», tan tétrico y tan dulce. Tam-
poco dormía el pobre hombre. Desde atrás veía yo
estremecerse sus cuadrados hombros, y su mano
(tina mano paliducha y vasta) temblar sobre el res-
paldo de la banqueta, como la mano de un viejo.
Lloraba.
-Ya está usted en casi, señor parisiense -me
gritó de pronto el cochero, y con la fusta apuntaba a
mi verde colina, con el molino clavado en la cúspide
como una gran mariposa.
Me apresuré a bajar. De paso junto al amolador,
intenté mirar más abajo de su gorro, hubiese queri-
do verlo antes de partir. Como si hubiera compren-
dido mi pensamiento, el infeliz levantó bruscamente

C A R T A S D E M I M O L I N O

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la cabeza, y clavando la vista en mis ojos, me dijo

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