Tartarín de Tarascón (Alfonso Daudet) Libros Clásicos

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Ora se le veía hacer el oso delante de los baños moros, esperando la hora en que aquellas damas salen a bandadas, temblorosas y con la fragancia del baño; ora se agachaba a la puerta de las mezquitas, sudando y bufando para quitarse las botazas antes de entrar en el santuario...
   A veces, a la caída de la tarde, cuando regresaba, afligido por no haber descubierto nada ni en el baño ni en la mezquita, el tarasconés, al pasar ante las casas moras, oía cantos monótonos, sordo rasguear de guitarra, tañidos de panderetas y risas de mujer que le hacían latir el corazón.
   "¿Estará ahí", se decía.
   Entonces, si la calle estaba desierta, se acercaba a una de aquellas casas, levantaba el pesado aldabón del postigo bajo y llamaba tímidamente... Cantos y risas cesaban en el acto, y detrás de la pared tan sólo se oían vagos cuchicheos, como en una pajarera dormida.
   "¡Pongámonos en guardia! -pensaba el héroe-. ¡Aquí me va a suceder algo!"
   Y lo que le solía ocurrir era que le echasen un jarro de agua fría o unas cáscaras de naranjas y de higos chumbos...
   Nunca le sucedió percance más serio.
   ¡Dormid, leones del Atlas!

IX. EL PRÍNCIPE GREGORY DE MONTENEGRO

   
   Dos semanas cumplidas llevaba el infortunado Tartarin en busca de su dama argelina, y es probable que aún estaría buscándola si la providencia de los enamorados no hubiese acudido en socorro suyo en figura de cierto hidalgo montenegrino. Véase cómo:
   En invierno, el teatro principal de Argel da todos los sábados por la noche un baile de máscaras; como en la ópera, ni más ni menos. El eterno e insípido baile de máscaras provinciano. Poca gente en la sala, náufragos del Bullier o del Casino, vírgenes locas que siguen al ejército, bellezas marchitas, trajes derrotados y cinco o seis lavanderitas mahonesas echadas a perder que conservan un vago perfume de ajo y de salsas azafranadas en memoria de sus tiempos de virtud... El verdadero golpe de vista no está allí. Está en el foyer, convertido para el caso en sala de juego... Una multitud febril y abigarrada se atropella alrededor de los largos tapetes verdes; turcos con licencia, que se juegan los cuartos pedidos a rédito; mercaderes moros de la ciudad alta; negros, malteses, colonos del interior que han recorrido 40 leguas para aventurar en un as el dinero de un arado o de una yunta de bueyes.

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