El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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Pensó que si le vendaban los ojos no era para matarle enseguida. Oyó una voz que le preguntaba quién era, qué buscaba y quién le enviaba. Al contestar Maurice que no le enviaba nadie, dijo el que le interrogaba:
-En cualquier caso mientes, vengas por tu voluntad o enviado por alguien: eres un espía.
Al oírse insultar, Maurice llamó cobardes, repetidas veces y en tono violento a los que le interrogaban.
-No se te insulta -dijo una voz más dulce, aunque también más imperiosa que las que habían hablado hasta entonces-. En los tiempos que vivimos, se puede ser espía sin ser deshonesto: sólo que se arriesga la vida.
-Sea bien venido quien ha hablado así; yo le responderé lealmente.
-¿Qué ha venido a hacer a este barrio?
-A buscar a una mujer.
La misma voz le dijo que mentía y le amenazó con matarle. Maurice hizo un violento esfuerzo para librarse de las ligaduras, pero un frío doloroso y agudo le desgarró el pecho, obligándole a hacer un movimiento de retroceso.
-¡Ah!, lo notas -dijo uno de los hombres-. Pues todavía hay ocho pulgadas parecidas a la que acabas de conocer.
-¿Quién eres? -preguntó la voz dulce e imperiosa.
-Maurice Lindey.
-¡Qué! ¿Maurice Lindey, el revolucionario, el patriota?, ¿el secretario de la sección Lepelletier?
-Sí; Maurice Lindey, el secretario de la sección Lepelletier, el patriota, el revolucionario, el jacobino; Maurice Lindey, cuyo día más apreciado será aquél en que muera por la libertad.
Un silencio de muerte acogió esta respuesta.
Maurice presentó su pecho esperando que la hoja, cuya punta había sentido antes, se hundiera por completo en su corazón. Tras algunos segundos, una voz le preguntó si era cierto lo que decía.
-Registrad en mi bolsillo y encontraréis mi credencial.
Al instante se sintió transportado por brazos vigorosos. Notó que cruzaba dos puertas, la última tan estrecha que apenas pudieron pasar con él los hombres que le llevaban. A su alrededor continuaban los murmullos y cuchicheos. Maurice se creía perdido. Advirtió que subían unos escalones; un aire más tibio rozó su rostro y le sentaron en una silla. Oyó cerrarse con llave una puerta y escuchó unos pasos que se alejaban. Prestó oído y creyó entender que la voz imperiosa decía:
-Deliberemos.
Transcurrió un cuarto de hora que le pareció un siglo.

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