El Caballero de la Maison Rouge (Alejandro Dumas) Libros Clásicos

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La letra no le parecía desconocida.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó-. ¿Será la de Geneviève? Pero no, es imposible; estoy loco. Sin duda se parece, pero ¿qué podría tener de común Geneviève con la reina?
La reina le pidió que hiciera una obra de caridad y quemara el papel.
-Tú bromeas, austríaca -dijo Agrícola.
Diez minutos después la nota estaba depositada en el despacho de los miembros del ayuntamiento; se abrió en el acto y se comentó al máximo.
-«A oriente vela un amigo» -dijo una voz-. ¿Qué diablos puede significar esto?
-¡Pardiez! -respondió un geógrafo-. En Lorient, está claro: Lorient3 es un pueblecillo de Bretaña, situado entre Vannes y Quimper. ¡Voto a bríos! debería quemarse el pueblo si es cierto que cobija a aristócratas que todavía velan por la austríaca.
Otro opinó que el peligro era grande por ser el pueblo puerto de mar, y un tercero solicitó que se enviara una comisión a Lorient.
Maurice, enterado de la deliberación, opinaba que el oriente de la nota no estaba en Bretaña.
Al día siguiente, la reina solicitó permiso para subir a la torre y tomar el aire. La acompañaban su hermana y su hija. Maurice subió tras ellas y se situó en una especie de garita que había en lo alto de la escalera. Al principio, la reina paseó indiferentemente; luego, se detuvo y miró atentamente hacia una casa en cuyas ventanas estaban algunas personas, una de ellas con un pañuelo blanco.
Maurice sacó un anteojo de su bolsillo y, mientras lo graduaba, la reina hizo un gesto como invitando a los curiosos a apartarse de la ventana. Pero Maurice ya había distinguido una cabeza masculina de cabellos rubios, cuyo saludo había sido
Juego de palabras intraducible hecho con las frases à l’orient (a oriente) y à Lorient (en Lorient)
respetuoso hasta la humildad. Detrás de este joven, porque no aparentaba más de veintiséis años, se hallaba una joven medio tapada por él. Maurice la enfocó con su anteojo; pero la mujer, que también tenía un catalejo, se apartó rápidamente y atrajo hacia sí al hombre.
Maurice esperó un momento por ver si reaparecían los curiosos. Como la ventana permanecía vacía, encomendó la vigilancia a su colega Agrícola, descendió precipitadamente la escalera y fue a apostarse en la esquina de la calle Porte-Foin, desde donde podía observar si los curiosos salían de la casa.

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