Las confesiones (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

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Juan Jacobo Rousseau
Las confesiones

LIBRO PRIMERO

1712 1719


Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo.
Sólo yo. Conozco mis sentimientos y conozco a los hombres.
No soy como ninguno de cuantos he visto, y me atrevo a creer que no soy como ninguno de cuantos existen. Si no soy mejor, a lo menos soy distinto de ellos. Si la Naturaleza ha obrado bien o mal rompiendo el molde en que me ha vaciado, sólo podrá juzgarse después de haberme leído.
Que la trompeta del Juicio Final suene cuando quiera; yo, con este libro, me presentaré ante el Juez Supremo y le diré resueltamente:
"He aquí lo que hice, lo que pensé y lo que fui. Con igual franqueza dije lo bueno y lo malo. Nada malo me callé ni me atribuí nada bueno; si me ha sucedido emplear algún adorno insignificante, lo hice sólo para llenar un vacío de mi memoria. Pude haber supuesto cierto lo que pudo haberlo sido, mas nunca lo que sabía que era falso. Me he mostrado como fui, despreciable y vil, o bueno, generoso y sublime cuando lo he sido. He descubierto mi alma tal como Tú la has visto, ¡oh Ser Supremo! Reúne en torno mío la innumerable multitud de mis semejantes para que escuchen mis confesiones, lamenten mis flaquezas, se avergüencen de mis miserias. Que cada cual luego descubra su corazón a los pies de tu trono con la misma sinceridad; y después que alguno se atreva a decir en tu presencia: "Yo fui mejor que ese hombre."
Nací en Ginebra en 1712, Fueron mis padres los ciudadanos Isaac Rousseau y Susana Bernard. Mi padre no tenía más medio de subsistencia que su oficio de relojero, en el que era muy hábil, pues le correspondió muy poco, o casi nada, de una herencia pequeña a repartir entre quince hermanos. Mi madre, hija del reverendo Bernard, tenía más fortuna. Era bella y discreta. No sin trabajo pudo mi padre casarse con ella. Empezaron a quererse desde niños. Entre los ocho y los nueve años se paseaban juntos por la Treille; a los diez, ya no podían vivir separados. El sentimiento que había despertado en ellos la costumbre se afianzó por la simpatía y uniformidad de sus almas.

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