Discurso sobre economía política (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

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No diré nada acerca de la esclavitud, pues es contraria a la naturaleza y ningún derecho puede autorizarla.
Nada de todo lo anterior existe en la sociedad política, la cual, lejos de tener un interés natural en la felicidad de los particulares, busca con frecuencia el suyo propio en la miseria de éstos. Cuando la magistratura es hereditaria, es a menudo un niño quien manda sobre los hombres; cuando es electiva, las elecciones presentan mil inconvenientes, y tanto en uno como en otro caso desaparecen las ventajas de lapatemidad. Si tenéis un solo jefe, estaréis bajo el arbitrio de un amo que carece de razones para amaros; si tenéis varios, deberéis soportar al tiempo su tiranía y sus divisiones. En una palabra, son inevitables los abusos y funestas sus consecuencias en toda sociedad en la que el interés público y las leyes carecen por completo de fuerza natural y son continuamente atacadas por el interés personal y las pasiones del jefe y demás miembros.
Aunque las funciones del padre de familia y del primer magistrado deben tender al mismo fin, lo hacen por caminos bien distintos; su deber y sus derechos están hasta tal punto diferenciados que no es posible confundirlos sin formarse falsas ideas acerca de las leyes fun­damentales de la sociedad y sin caer en errores fatales para el género humano. En efecto, si la voz de la naturaleza es el mejor consejo que pueda escuchar el padre para cumplir bien sus deberes, para el magistrado es sólo un falso guía que trata sin cesar de separarlo de sus obli­gaciones y que tarde o temprano lo arrastra a la perdición y a la del Estado si una sublime virtud no lo retiene.1 La única virtud que el padre de familia necesita, consiste en guardarse de la depravación e impedir que se corrompan sus inclinaciones naturales; por el contrario son éstas quienes pueden corromper al magistrado. Mientras al primero, para obrar bien, le basta con consultar a su corazón, el segundo se convierte en un traidor cuando hace caso al suyo, por lo que deberá sospechar de su propia razón sin atenerse a más regla que la razón publica, es decir, la ley. La naturaleza ha creado multitud de buenos padres de familia, pero es dudoso que desde que el mundo existe, la sabiduría humana haya podido formar a diez hombres capaces de gobernara sus semejantes.

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