Discurso sobre economía política (Jean Jacques Rousseau) Libros Clásicos

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mantener las buenas costumbres, el respeto a las leyes, el amor a la patria y el vigor de la voluntad general.
Empero, todas estas preocupaciones resultarán insuficientes si no se comienza aun desde más lejos. Acabo esta parte de la economía pública por donde debería haber comenzado. La patria no puede subsistir sin libertad ni la virtud sin ciudadanos: lo conseguiréis todo si formáis ciudadanos; si no, sólo tendréis malos esclavos, comenzando por los jefes del Estado. Ahora bien, formar ciudadanos no es asunto de un día y para que se hagan hombres hay que instruirlos desde niños. Si se me dice que quien tiene hombres a su mando no debe buscar fuera de sus naturalezas una perfección que no son capaces de alcanzar; que no debe desear destruir sus pasiones y que la ejecución de semejante proyecto no es ni deseable ni posible, mostraré mi acuerdo, pues un hombre sin pasiones es sin duda un mal ciudadano; pero tam­bién hay que convenir en que si no se les enseña a los hombres a amar alguna cosa, es imposible enseñarles a amar algún objeto más que a otro y a preferir lo verdaderamente bello a lo deforme. Si por ejemplo se les ejercita desde temprana edad a no estimar su propia individualidad más que en sus relaciones con el Estado, así como a no percibir su propia existencia, por así decir, sino como parte de la del Estado, podrán llegar finalmente a identificarse con ese todo superior, a sentirse miembros de la patria, a amarla con ese exquisito sentimiento que el hombre aislado sólo consigue por su propio esfuerzo, a elevar perpetuamente su alma hacia ese gran objeto y a transformar así en sublime virtud esa peligrosa disposición de la que surgen todos los vicios13. No es sólo la Filosofía quien demuestra la posibilidad de esas nuevas orientaciones; la Historia ofrece mil ejemplos resplandecientes: si los ciudadanos son tan raros entre nosotros, es porque nadie se preocupa de que los haya y porque aún menos se admite la necesidad de formarlos. No es ya tiempo de cambiar nuestras inclinaciones naturales una vez que éstas han tomado su curso y el hábito se ha unido al amor propio; tampoco es tiempo de salir fuera de nosotros mismos una vez que, habiéndose concentrado el yo humano en nuestro corazón, desarrolla en él esa despreciable actividad que absorbe toda virtud y preside la vida de las almas insignificantes.

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