El doncel de don Enrique (Mariano Jose de Larra) Libros Clásicos

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-¡Ah! Dadme, dadme acá. Decidme, ¿de quién, para quien la tenéis?
-No os importa. ¿Conocéis su letra?
-¡Desdichado! ¿De qué la habría de conocer? Si tanto sabéis y adivináis...
-Bien, no importa. Miradla aquí.
-Su letra, Abenzarsal. ¿Es magia esto, es magia? ¿Deslumbráis mis sentidos, por ventura, con las artes de vuestra pérfida profesión?
-Leed y callad -añadió el astrólogo sacando de debajo de su ropa una linterna, cuya luz proyectó sobre un pergamino que le dio al mismo tiempo.
-¡Dios mío! -dijo el doncel acabando de leer-. ¿Es ella, lo sabéis, es ella la que escribe estas breves palabras?
-No, soy yo si os parece -dijo afectando enojo el pérfido viejo-; adiós: puesto que no queréis ser feliz, no os quejéis después.
-¡Ah! no; venid, perdonad, señor, si el exceso mismo de mi felicidad... ¿Es posible?
-¡Ea! Dejad vuestras pueriles exclamaciones. El tiempo corre. Partid. No convendría que nos viesen juntos. Sabéis que el hidalgo está con Su Alteza. Adiós.
-Escuchad; teneos. ¡Un momento! -dijo Macías; pero hablaba solo ya: el astrólogo había desaparecido con indecible presteza-. ¡Qué confusión! -prosiguió el doncel-. ¡Tanta felicidad, Dios mío! Corramos; mas no. ¿Quién sabe los sucesos que me esperan esta noche? Quiero buscar mi espada; con ella al lado, nadie, nadie podrá estorbar mi felicidad.
Dirigióse, dichas estas palabras, el animoso doncel a su habitación y ciñó su espada, cubriendo con un tabardo oscuro de velarte su elegante vestido, que no podía menos de haber llamado la atención de cualquiera que a aquellas horas se lo hubiera notado en el paraje sobre todo donde él pensaba que podría tener que esperar un instante propicio para su dicha.
Volvía a bajar la escalera del alcázar para salir al campo lo más presto posible, y antes que se hubiesen cerrado las puertas de la villa, cuando un encuentro inesperado le detuvo, no tan a su pesar como podría parecerle a primera vista al que no supiese que el que hacía variar de aquella manera su primer pensamiento, era nada menos que el mismo, el mismísimo pajecillo Jaime, a quien tan apurado y comprometido dejamos por causa del doncel en uno de nuestros últimos capítulos, que acaso no habrá olvidado todavía el lector.

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