Reconquistar Plenty (Colin Greenland) Libros Clásicos

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Tabitha oyó el repiqueteo de sus tacones sobre los peldaños detrás de ella. Dos largas garras negras se encontraron después de atravesar la piel por encima de su codo y le hicieron torcer el gesto. Era como estar enredada en un ovillo de alambre espinoso luchando con una jauría de fox terriers.
Oyó el sonido de algo desgarrándose.
Los perks proceden del tercer planeta de un sistema clase G situado en las proximidades de Betelgeuse. Viven en madrigueras subterráneas, lo cual quizá explique el por qué les ha costado tan poco acostumbrarse a los túneles de Plenty y lo a gusto que se encuentran en ellos. La suspicacia y la agresión quizá sean emociones endémicas implantadas en las profundidades de la mente del más feroz de los moradores subterráneos, como un instinto de manada que no se hace preguntas y que está respaldado por una hostilidad casi automática hacia todos los que no forman parte del grupo. Sales de tu madriguera por la razón que sea -hambre, el deber, imperativos sexuales- y empiezas a trotar por la complicada trama de pasillos carentes de luz que forman el laberinto enterrado. El olor ambiental que te envuelve está compuesto por tu olor y el de todos tus parientes..., y de repente oyes el ruidito de unas garras que se aproximan en dirección opuesta a la que estás siguiendo. ¿Amigo, enemigo, pariente, rival? Tu parentela y puede que incluso tus descendientes están detrás tuyo, cuerpos blandos y enroscados sobre sí mismos que maúllan suavemente envueltos en el cálido abrazo de la oscuridad. ¿Qué opción te queda en ese momento de incertidumbre social aparte de la de enseñar los dientes y sacar las garras preparándote para utilizarlas?
Sea cual sea la razón, los perks siempre se comportan igual y no hay nada que les guste más que una buena pelea. Cuando la civilización llegó al planeta de los perks sus habitantes se apresuraron a construir trenes de guerra, bombas topo y toda clase de artefactos capaces de minar el terreno, y nadie entiende qué motivos pudieron impulsar a los capellanos a poner el secreto del impulsor espacial en las zarpas de esos pequeños roedores. Lo más probable es que los perks se limitaran a introducirse como polizones en sus casi indetectables navíos siguiendo los dictados de ese instinto que les obliga a meterse en cualquier madriguera disponible.
Tabitha estaba harta de ellos.

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