El castillo de lindabridis (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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iba cortando en un cisne.
En otra parte mi hermano
un persa hipogrifo oprime,
tan fiero que, despreciando
su especie, osado y terrible,
se manchó de espuma y sangre;
gustando él que le salpiquen
por desmentirse caballo
con los remiendos de tigre.
Ya con el marcial estruendo
aun no dejaban oírse
lo robusto de las cajas,
lo dulce de los clarines,
cuando mi hermano, arbolando
un blanco estandarte, pide
licencia de hablar; y así
a dos ejércitos dice,
"Tártaros fuertes, si acaso
la cólera se permite
a la razón, y el orgullo
os deja el discurso libre,
paréntesis de la muerte
sean mis voces; oídme.
Lidie la razón primero
que la sinrazón hoy lidie.
Las heredadas costumbres
de este imperio se dirigen
a que su príncipe sea
en letras y armas insigne.
Pues si en mí los dos extremos
de ingenio y valor se miden,
¿por qué me desheredáis
tiranamente insufribles?
Mas porque de mi persona
los méritos se examinen,
rindámonos a un partido
para todos apacible.
Halle mi hermana un esposo
que, si me excede o compite
en valor, ingenio y gala,
desde aquí quiero rendirme
a sus plantas, y que él ciña
la corona que me quiten,
con calidad que, si ella,
en el tiempo que describe
el sol un círculo entero,
plateando de perfiles
los vellones del Ariete
y las escamas del Piscis,
no le hallare, quede yo
quieto, pacífico y libre
en la posesión. Con esto
vuestros deseos consiguen
a menos riesgo un rey;
y yo cuantos ella envíe
esperaré en Babilonia
para que en entrambas lides
viva, tártaros, quien venza,
pues siempre quien vence vive."
Dijo Meridián, y yo,
aunque responderle quise,
no pude, porque las voces
entre los aplausos viles
se perdieron. En efecto,
las condiciones le admiten,
volviendo yo a mi palacio
confusa, afligida y triste.

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