Las armas de la hermosura (Pedro Calderón de la Barca) Libros Clásicos

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e., no pierdas tiempo
si le habrás menester luego.
Parte, pues.
ENIO: Ya allí el caballo

te espera.
ASTREA: Sí haré, supuesto
que el don del liberal, cuando
960 le recibo, le agradezco.
CORIOLANO: Pues, adiós, hermosa dama.
ASTREA: Adiós, cortés caballero.
Y cree de mí...
CORIOLANO: Y cree de mí...
Vete en paz.
ASTREA: Guárdete el cielo.

Vanse. Salen LELIO y PASQUÍN


965 LELIO: Pasquín, pues que ya al Senado [redondillas]
cuenta di de la victoria
y, atento a tan alta gloria,
a Coriolano ha enviado
orden de que al punto venga
970 para, liberal con él,
ceñirle el sacro laurel,
que es bien que por premio tenga,
dime, ya que tú no fuiste
al campo, ¿qué novedad
975 en mi ausencia en la ciudad
ha habido, y en qué consiste
que a ninguna mujer veo
en calle, puerta o ventana?
PASQUÍN: Consiste en no tener gana
980 de ser vistas sin aseo.
LELIO: ¿Sin aseo? Eso no entiendo.
PASQUÍN: Pues fácil es de entender
que no quiera una mujer
parecer, no pareciendo. aparecer sin parecer bien
985 LELIO: ¿Enigmas hablas conmigo?
PASQUÍN: ¡Pluguiera a Dios que lo fueran!
Que ellas te lo agradecieran,
y a mí el que no te las digo.
LELIO: Pues hásmelo de decir.
990 PASQUÍN: Sí haré, mas con calidad a condición de que
de que creas que es verdad
cuanto te he de referir,
y no ficción.
LELIO: Sí creeré.
PASQUÍN: Pues, con eso, va de historia.
995 Aquí, apuntador, memoria
tu anacardina me dé.

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