La aventura de la casa vacía (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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La persona se convierte, podríamos decir, en una recapitulación de la historia de su familia.
-Una teoría bastante extravagante, diría yo.
-Bien, no insistiré en ello. Por la causa que fuera, el coronel Moran, empezó a descarriarse. Aún sin dar lugar a ningún escándalo público, la india le llegó a resultar demasiado incómoda. Se retiró, vino a Londres y también aquí adquirió mala
1 Palabra india que significa «cazador» o «deportista».
reputación. Fue entonces cuando le localizó el profesor Moriarty, para quien actuó durante algún tiempo como jefe de su Estado Mayor. Moriarty le proporcionaba dinero en abundancia, y sólo le utilizó en uno o dos trabajos de primerísima categoría, que quedaban fuera del alcance de un criminal corriente. Quizás recuerde usted la muerte de la señora Stewart, de Lauder, en 1887. ¿No? Bueno, pues estoy seguro que Moran estuvo en el fondo del asunto; pero no se pudo demostrar nada. El coronel tenía las espaldas tan bien cubiertas que, incluso después de la desarticulación de la banda de Moriarty, resultó imposible acusarle de nada. ¿Se acuerda de aquella noche en que fui a su casa y cerré las contraventanas por temor a los fusiles de aire comprimido? Sabía muy bien lo que me hacía: estaba enterado de la existencia de este extraordinario fusil v sabía también que lo manejaba uno de los mejores tiradores del mundo. Cuando fuimos a Suiza, él nos siguió en compañía de Moriarty, y no cabe duda de que fue él quien me hizo pasar aquellos cinco minutos de infierno en la cornisa de Reichenbach.
Como podrá usted suponer, durante mi estancia en Francia leí con bastante atención los periódicos, a la espera de una oportunidad de echarle el guante. Mi vida no tenía sentido mientras él anduviese suelto por Londres. Su sombra pesaría sobre mí noche v día, v tarde o temprano encontraría una oportunidad de caer sobre mí. ¿Qué podía hacer? No podía buscarle y pegarle un tiro, porque iría a parar a la cárcel. Tampoco serviría de nada recurrir a un magistrado. Los jueces no pueden actuar basándose en lo que a ellos tiene que parecerles una sospecha disparatada. Así que no podía hacer nada. Pero seguía leyendo los sucesos, porque estaba seguro de que tarde o temprano le pillaría. Y entonces se produjo la muerte de este Ronald Adair. ¡Por fin había llegado mi oportunidad! Sabiendo lo que yo sabía, ¿no resultaba evidente que el coronel Moran era el culpable? Había jugado a las cartas con el joven; le había seguido a su casa desde el club; le había disparado a través de la ventana abierta.

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