La aventura del tres cuartos desaparecido (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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-¿Quién es usted, señor?
-Soy Cyril Overton.
-Entonces es usted el que me envió el telegrama. Yo soy lord Mount-James. He venido todo lo deprisa que ha querido traerme el ómnibus de Bayswater. ¿De manera que ha contra­tado usted a un detective?
-Sí, señor.
-¿Y está usted dispuesto a afrontar ese gasto?
-Estoy seguro, señor, de que mi amigo Godfrey responderá de ello en cuanto lo encontremos.
-¿Y si no lo encuentran? ¿Eh? ¡Contésteme a eso!
-En tal caso, seguro que su familia...
-¡De eso nada, señor mío! -chilló el hombrecillo-. ¡A mí no me pida ni un penique! ¡Ni un penique! ¿Se entera usted, señor detective? Este muchacho no tiene más familia que yo, y yo le digo que no me hago responsable. Si tiene alguna aspiración a heredar se debe al hecho de que yo jamás he malgastado el dinero, y no tengo intención de empezar ahora. En cuanto a esos papeles con los que tantas libertades se toma, le advierto que si hay entre ellos algo de valor, tendrá usted que responder puntualmente de lo que haga con ellos.
-Muy bien, señor -respondió Sherlock Holmes-. Mientras tanto, ¿puedo preguntar si tiene usted alguna teoría que explique la desaparición del joven?
-No, señor, no la tengo. Tiene ya edad y tamaño suficientes para cuidar de sí mismo, y si es tan imbécil que se pierde, me niego por completo a aceptar la responsabilidad de buscarlo.
-Me doy perfecta cuenta de su posición -dijo Holmes, con un brillo malicioso en los ojos­. Pero tal vez usted no comprenda bien la mía. Según parece, este Godfrey Staunton carece de medios económicos. Si lo han secuestrado, no puede haber sido por algo que él posea. La fama de sus riquezas, lord MountJames, se ha extendido más allá de nuestras fronteras, y es muy posible que una banda de ladrones se haya apoderado de su sobrino con el fin de sacarle información acerca de su casa, sus costumbres y sus tesoros.
El rostro de nuestro menudo y antipático visitante se volvió tan blanco como su chalina.
-¡Cielos, caballero, qué idea! ¡Jamás se me habría ocurrido semejante canallada! ¡Qué gentuza tan inhumana hay en el mundo! Pero Godfrey es un buen muchacho, un chico de fiar...; por nada del mundo traicionaría a su viejo tío. Haré trasladar toda la plata al banco esta misma tarde.

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