La caja de cartón (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Luego fuimos al jardín, como usted recordará, y vimos el extraño contenido de la cajita amarilla.
La cuerda era de esas que utilizan los veleros a bordo de los barcos y en seguida todo el asunto me olió a cosa de mar. Cuando observé que el nudo era de un tipo muy frecuente entre los marineros, que el paquete había sido enviado desde un puerto, y que la oreja del varón estaba perforada para llevar un pendiente, lo cual es mucho más corriente entre gente de mar que de tierra firme, tuve la certeza de que íbamos a encontrar a todos los actores de esta tragedia entre la marinería.
Cuando me puse a examinar la dirección del paquete observé que iba dirigido a la señorita S. Cushing. Ahora bien, la hermana mayor se llamaba también, por supuesto, señorita Cushing, y aunque su inicial era asimismo una S, lo mismo podía pertenecer a cualquiera de las otras. En tal caso deberíamos haber comenzado nuestra investigación partiendo de una base completamente nueva. Por consiguiente entré en la casa con la intención de aclarar este punto. Estaba a punto de asegurar a la señorita Cushing mi convencimiento de que se había cometido una equivocación cuando, como usted recordará, me paré en seco. La verdad es que acababa de ver algo que me llenó de sorpresa y que a la vez limitaba enormemente el campo de nuestra pesquisa.
Watson, usted es consciente, como médico, de que no hay parte del cuerpo humano que varíe tanto de un individuo a otro como la oreja. Cada oreja es, por regla general, completamente inconfundible y difiere de todas las demás. En el Anthropological Journaldel año pasado encontrará usted dos breves monografías sobre el tema, escritas por mí. Por consiguiente, yo había examinado las orejas de la caja con ojos de experto, y me había fijado con detenimiento en sus peculiaridades anatómicas. Imagine, pues, mi sorpresa cuando al mirar a la señorita Cushing me di cuenta de que su oreja se correspondía exactamente con el apéndice de mujer que yo acababa de inspeccionar. No podía tratarse de una coincidencia. Presentaba el mismo acortamiento del pabellón, la misma curva amplia del lóbulo superior, la misma circunvolución del cartílago interno. Era en esencia la misma oreja.
Desde luego comprendí inmediatamente la enorme importancia de aquella observación. Era evidente que la víctima tenía algún parentesco con ella, probablemente muy cercano.

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