La caja de cartón (Arthur Conan Doyle) Libros Clásicos

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Fairbairn solía alojarse allí, y Mary solía ir a tomar el té con su hermana y con él. Ignoro con qué frecuencia, pero un día la seguí y, al irrumpir en la casa, Fairbairn huyó, saltando por encima de la tapia del jardín trasero, como el cobarde canalla que era. Le juré a mi esposa que la mataría si la encontraba de nuevo en compañía de aquel hombre, y me la volví a llevar a casa, sollozando y temblando, y tan blanca como una hoja de papel. Nunca más hubo entre nosotros el menor vestigio de amor. Me di cuenta de que ella me odiaba y me temía, y cuando ese pensamiento me empujaba a beber, también me despreciaba.
Sarah comprobó que no podía ganarse la vida en Liverpool, así que volvió, según tengo entendido, a vivir con su hermana en Croydon, y en mi casa las cosas continuaron más o menos como siempre. Y así hasta la semana pasada, con todas sus amarguras y perdición.
Todo ocurrió de la manera siguiente. Habíamos embarcado en el May Daypara un viaje de ida y vuelta de siete días de duración, pero un tonel se soltó y con ello aflojó una de las planchas del barco, de modo que tuvimos que volver a puerto por espacio de doce horas. Abandoné el barco y fui a casa, pensando en darle una sorpresa a mi esposa y con la esperanza de que tal vez le alegrase verme tan pronto. Pensaba en eso cuando me metí en mi propia calle, y en aquel momento pasó por delante de mí un coche, en el que iba ella sentada al lado de Fairbairn, ambos charlando y riendo, sin pensar en mí que los observaba desde la acera.
Les aseguro, puedo darles mi palabra, que desde ese mismo momento dejé de ser dueño de mi destino y al recordarlo todo me parece un vago sueño.
últimamente había estado bebiendo mucho y eso, unido a lo anterior, me volvió completamente loco. Ahora siento dentro de mi cabeza una especie de zumbido, como unos martillazos de estibador, pero aquella mañana me pareció tener en los oídos todo el estruendo y el borboteo de las cataratas del Niágara.
Pues bien, puse pies en polvorosa y corrí detrás del coche. Llevaba en la mano un pesado bastón de roble, y les aseguro que desde el primer momento estaba hecho una furia, aunque según corría también se despertó en mí la astucia, y me rezagué un poco para observarlos sin ser visto.

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