El buen Duende y la Princesa (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Aunque sólo me quedaba el puñal, me incorporé de un salto para enfrentarlo, pero tropecé en una raíz y quedé tendido á merced de la bestia, que me atacaba. Creo que mañana está señorita habría sido la Reina Bonnibelle, de no haber sido por un valiente leñador, que apareció tras un árbol y con un golpe de su hacha mató al animal cuándo se disponía á destriparme. Era tu padre, Duende, y á él le debo la vida...
Cuando el Rey concluyó su relato, se elevó un murmullo, y damas y caballeros parecieron dispuestos a lanzar una aclamación, pero la Reina palideció y la vieja nodriza se precipitó para abanicarla, mientras Bonnibelle abrazaba a su padre, gritando
-¡No; si tú mueres, nunca seré reina, papá querido !
El Rey la sentó en una rodilla y a Betty en la otra, diciendo con animación
-Y ahora, ¿qué hacemos con el valiente que me salvo?
-Dale un palacio donde vivir y, muchísimo dinero -sugirió la Princesa, a quien no se le ocurría nada mejor que eso.
-Le ofrecí casa y dinero, pero él no quiso ni una ni otro, pues según afirmó quiere a su cabaña y no le hace falta oro. Piensen otra vez señoritas, y encuentren algo que le pueda agra-dar -insistió el monarca.
-Lo único que quiere es un buen campo para Daisy, señor Rey -repuso Betty con audacia, pues consideraba que la cara del rey, tostada y de expresión bondadosa, se parecía mucho a la de su padre.
-Lo tendrá... Ahora pide tres deseos para ti misma, hija mía, y si puedo te los concederé.
Betty mostró todos sus dientecitos blancos al reír de alegría ante tan espléndida oferta. Luego dijo con lentitud:
-Ahora no deseo sino una cosa, pues la Princesa me regaló una hermosa muñeca y muchos libros, de manera que soy el ser más dichoso del reino y nada me hace falta...
-¡Una damita satisfecha! ¿Quién de nosotros puede decir lo mismo? -inquirió el Rey mirando a quienes lo rodeaban, y que bajaron la vista avergonzados, porque se lo pasaban pidiendo favores al buen monarca-. Bueno, ahora dinos qué es eso que puedo hacer para complacer a la hijita del valiente leñador John.
-Por favor, permite que la Princesa venga a jugar conmigo -se apresuró a pedir Betty.
Los caballeros se mostraron horrorizados, y las damas parecieron dispuestas a desvanecerse ante la sola idea de cosa tan tremenda.

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