Los Muchachos de Jo (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Varios jóvenes acaudalados y de familias distinguidas y honradas la habían pretendido y hablan procurado disuadirla de su propósito, diciéndole que lo mejor era, como decía Daisy, "una casita muy bonita y una familia a quien cuidar". Pero Nan se reía y a todos los echaba con cajas destempladas, diciéndoles que ella no aceptaría más mano que la que tuviera que pulsar; pero hubo uno tan cabezudo y obstinado al que no consiguió hacer desistir.
Este joven se llamaba Tommy, y desde niño se había aficionado tanto a Nan, que no podía pasar día sin verla y le llamaba su novia y le daba tantas pruebas de fidelidad y amor, que ella, a pesar de su firme resolución, se enternecía algunas veces. Sin necesidad y sin un átomo de vocación comenzó a estudiar medicina porque a ella le gustaba la carrera. Pero Nan, firme que firme, ni quería amores ni pensaba más que en la medicina; Tommy decía: "Sea lo que Dios quiera; yo creo que no mataré a muchos de mis semejantes cuando principie a ejercer mi profesión", y seguía estudiando con ella. Sin embargo, los dos eran muy buenos amigos, y los camaradas de él se reían al ver cómo andaba siempre a la caza del amor de Nan.
Los dos se aproximaban a Plumfield a la caída de la tarde del día en que Meg y Jo estaban hablando en la plaza. No iban juntos, porque Nan caminaba muy de prisa y sola por aquel alegre camino que conducía al pueblo, pensando en una cosa que le interesaba mucho, y Tom corría detrás, casi en puntas de pie, con objeto de alcanzarla sin que ella lo notara.
Nan era, como dejamos dicho, una hermosa muchacha, de color sonrosado, ojos grandes y claros, sonrisa agradable y pronta, y ese mirar peculiar de las jóvenes distinguidas. Era sencillísima en el vestir, de andar ágil y gracioso, y bastante desarrollada. Las personas que pasaban junto a ella se volvían irremisiblemente como para mirar una cosa agradable.
Un ¡hola! dicho a su espalda con toda la dulzura posible que permite el vocablo le hizo volver la cabeza.
-¡Ah! ¿Eres tú, Tommy?
-El mismo. Me imaginé que hoy darías una vueltecita por estos alrededores...
Y la cara de Tommy irradiaba alegría en aquel momento.

-Adivinaste. ¿Y cómo está tu garganta? -preguntó Nan con su tono profesional, que era siempre un balde de agua fría para los raptos amorosos de Tommy.

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