Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Ella se mordió la lengua al minuto de haber dicho aquello, pues Juan retiró los libros y dijo con algo de temblor en la voz:
-Me temía esto, Meg, pero te aseguro que hago de mi parte todo lo que puedo.
Si la hubiese regañado o aun sacudido por los hombros, como se lo merecía, no se le hubiese partido el corazón como con aquellas pocas palabras. La muchacha corrió hacia él y lo abrazó estrechamente, llorando lágrimas de arrepentimiento:
-¡Oh, Juan, mi bonísimo y querido muchacho! ¡No me hagas caso, que no quise decir eso tan perverso, tan falso y tan ingrato! ¡Cómo pude decir semejante cosa, Dios mío! ...
Él estuvo muy bondadoso, la perdonó en seguida y no pronunció un solo reproche, pero Meg sabía que aquello que había dicho no sería olvidado fácilmente, aunque su marido no volviera a referirse a eso. Ella, que había prometido amarlo en las buenas y en las malas; ella, su esposa, le había reprochado su pobreza, después de dilapidarle sin freno las ganancias de su trabajo. Era horrible lo que había hecho, y lo peor fue que Juan permaneciera tan en silencio después. Lo único que cambió fue quedarse hasta más tarde en el centro y trabajar por las noches cuando ella se iba a acostar llorando. Una semana de arrepentimiento casi enfermó a Meg, y el descubrir que Juan había dado contraorden para un sobretodo nuevo que había encargado la redujo a un estado de desesperación que era realmente patético. A sus preguntas respecto a aquel cambio, Juan sólo había respondido sencillamente: -No puedo pagarlo, querida.
Meg nada dijo, pero unos minutos después Juan la encontró en el "hall" con la cara metida en el viejo sobretodo y llorando como loca.
Esa noche tuvieron los dos una larga conversación y Meg aprendió a querer más a su marido por su pobreza, pues era lo que parecía en realidad haber hecho de él un hombre.
Al día siguiente Meg se puso el orgullo en el bolsillo, se fue a ver a Sally, le contó la verdad y le pidió como un favor que le comprara la seda. La buena de Sarita aceptó el pedido y tuvo la delicadeza de no regalársela inmediatamente. Luego Meg encargó de nuevo el sobre­todo y cuando llegó Juan a casa Meg se lo puso y preguntó sonriendo a su marido qué le parecía su nuevo vestido de seda.

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