Las Mujercitas se casan (Louisa May Alcott) Libros Clásicos

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Tiene que haber algún medio... No puede ser demasiado tarde... -dijo la pobre Jo llorando con rebeldía, pues su espíritu no tenía ni la mitad de la sumisión piadosa que adornaba a Beth.
La pobrecita Beth no sabía razonar ni explicar aquella fe que le daba paciencia y coraje para renunciar a la vida y esperar animosamente la muerte. Como una criaturita llena de confianza, no hacía ninguna pregunta y dejaba todo en manos de Dios, y de la naturaleza. Ese día se guardó muy bien de censurar a Jo y hasta amó más aún que antes a su hermana por su devoción apasionada y se aferró más aún a aquel amor humano. Con todo, a Beth no le fue posible decir: "Me alegro de marcharme", pues la vida le era muy dulce; sólo podía expresar: "Trato de estar dispuesta", abrazándose estrechamente a Jo en ese primer momento en la primera ola de aquel gran dolor.
Al rato dijo Beth, ya recobrada la serenidad.:
-¿Se lo vas a decir a todos cuando volvamos a casa?
-Creo que lo van a ver sin que se lo diga -suspiró Jo, que veía que Beth empeoraba todos los días.
-Si papá y mamá no se dan cuenta, ¿verdad que se lo dirás por mí? Entre nosotras me parece mejor prepararlos. Meg tiene a Juan y los chicos para consolarse, pero tú eres quien ahora tiene que sostener a nuestros padres, ¿verdad, Jo? -Ya lo creo, querida.
-Pero lo que me cuesta ahora realmente es dejarlos a todos ustedes. No es que tenga miedo, sino que me parece como si fuera a extrañarlos aun en el cielo...
Jo no podía hablar y durante unos minutos no se oyó otra cosa que el suspiro del viento o el lamido de la marea contra la playa... En eso voló cerca una gaviota de alas blancas y un destello de sol brilló en su pechuga plateada. Beth la observó con ojos llenos de tristeza; después se acercó mucho a ella una pequeña avecilla de plumaje gris, que dando saltitos por la arena piaba bajito como para sí, gozando del sol y del mar. Beth sonrío y se sintió consolada, pues aquel ser minúsculo parecía ofrecerle su pequeña amistad y recordarle que todavía existía un mundo agradable, del cual gozar.
-¡Qué pajarito tan mono!... ¡Mira qué mansito es, Jo!... Me gustan más que las gaviotas, aunque no son de belleza tan salvaje como éstas, pero parecen felices y contentos.

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