Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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Ni Marat ni los más acalorados jacobinos son capaces de escribir de manera más sangrienta que este hombre, ayer aún tan moderado, a sus bravos, a sus buenos electores burgueses: "Los crímenes del tirano han sido descubiertos y llenan de indignación todos los corazones. Si no cae su cabeza en seguida bajo la espada, pueden caminar tranquilamente con las suyas erguidas todos los ladrones y asesinos, y el caos más terrible nos amenazará. Los tiempos están con nosotros y contra todos los reyes de la tierra". Así proclama la ejecución como necesidad inevitable la misma persona que, el día anterior, llevaba preparado en el bolsillo un manifiesto contra la ejecución probablemente tan persuasivo como ése.
Y en efecto, el astuto matemático había calculado bien. Como buen oportunista, conoce la irresistible gravitación de la cobardía; sabe que en todos los momentos políticos de la masa, es la audacia el denominador decisivo de todo cálculo. Tiene razón: los buenos burgueses conservadores se agachan con timidez ante este manifiesto de inesperado descaro; confundidos y perplejos se apresuran a dar su consentimiento para una decisión con la que interiormente no están conformes en lo más mínimo. Ninguno se atreve a contradecir. Y desde aquel día Joseph Fouché tiene en su mano la dura y fría palanca con la que dominará las crisis más difíciles: el desprecio a la humanidad.
Desde esa fecha memorable, el 16 de enero, Joseph Fouché, con su carácter de camaleón elige (por el momento) el color rojo. El moderado se convierte de la noche a la mañana en archirradical y ultraterrorista. De un salto se encuentra en medio de sus adversarios, y una vez allí decide colocarse en el ala extrema de la izquierda, en la más radical. Con una rapidez fantástica, este espíritu frío, este reseco burócrata, para no quedarse atrás, adopta el lenguaje más sangriento de los terroristas. Hace proposiciones rigurosas contra los emigrados, contra los sacerdotes; azuza, truena, se enfurece, degüella con palabras y gestos. Verdaderamente, podría volver a hacerse amigo de Robespierre, volver a sentarse a su lado; pero este hombre de conciencia incorruptible, de rígido espíritu protestante, no quiere a los renegados; con doble desconfianza repele ahora al tránsfuga cuyo expansivo radicalismo le resulta más sospechoso que su antigua moderación.
Fouché presiente, con agudo sentido atmosférico, el peligro de esa vigilancia y ve acercarse días críticos. Todavía la tormenta amenaza a la Asamblea y se insinúan en el horizonte político las luchas trágicas entre los jefes de la revolución, entre Dantón y Robespierre, entre Hébert y Desmoulins; habría que decidirse de nuevo dentro del mismo radicalismo; pero a Fouché no le gusta comprometerse antes de que la declaración esté exenta de peligros y sea propicia a la victoria.

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