Fouché (Stefan Zweig) (Stefan Zweig) Libros Clásicos

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También a él lo recibiría Robespierre, lo mismo que a Barras, en la habitación pequeña y estrecha sólo presuntuosamente adornada con retratos suyos. Apenas lo invitaría a sentarse, erguido y glacial; lo trataría intencionadamente con insultante altanería, como a un miserable criminal. Porque este hombre, que ama exaltadamente la virtud y que está apasionado y pecaminosamente enamorado de la suya propia, no conoce la indulgencia ni el perdón para quien haya tenido alguna vez una opinión contraria a la suya. Intolerante y fanático, como un Savonarola del racionalismo y de la "virtud", rechaza cualquier pacto, cualquier capitulación ante sus adversarios; incluso en los momentos en que la política aconsejaba el acuerdo, su odio endurecido y su orgullo dogmático se resistían. De lo que le puede haber dicho Fouché a Robespierre en aquella ocasión y de lo que Robespierre como juez, le puede haber contestado, nada sabemos. Ciertamente, no debe haberlo recibido bien: sólo reproches duros e inclementes, amenazas frías, desnudas, como una sentencia de muerte. Y cuando Joseph Fouché, temblando de ira, baja la escalera de la casa de la rue de SainHonoré, humillado, rechazado, amenazado, sabe que sólo podrá salvar su cabeza si consigue que caiga antes en la cesta la de Robespierre. El duelo a muerte entre Robespierre y Fouché ha comenzado.
Este duelo es, sin duda, uno de los episodios más interesantes y más emocionantes desde el punto de vista psíquico de la historia y de la revolución. Los contendientes -el que ha desafiado y el que ha sufrido el desafío- son inteligentes y políticos pero, sin embargo, caen ambos en el mismo error: se desconocen mutuamente porque creen conocerse desde hace tiempo. Para Fouché, Robespierre es todavía el abogado delgaducho y agotado que, en su provincia, en el casino de Arras, junto con él gastaba pequeñas bromas y componía breves poesías dulzonas, a la manera de Grécourt, y que luego aburría a la Asamblea de 1789 con sus discursos enfáticos. Fouché no se daba cuenta, o se dio cuenta demasiado tarde, de que con un trabajo duro y tenaz, empujado por el ímpetu de su propia obra, el demagogo Robespierre se había transformado en hombre de Estado; el suave intrigante, en político de inteligencia aguda; el retórico, en orador. Casi siempre la responsabilidad eleva al hombre a la grandeza; así creció Robespierre en la conciencia de su misión. En medio de ambiciosos y alborotadores, siente la salvación de la República como el problema de su vida impuesto por la Providencia.

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