La peste escarlata (Jack London) Libros Clásicos

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--Cada día hay más. ¡Quién hubiera pensado que viviría lo bastante para
ver unos tiempos en que se corre peligro de muerte por el mero hecho de
circular por el territorio del balneario del Cliff-House! En la época de
la que te hablo, Edwin, cuando yo era niño, acudían aquí, en verano, a
decenas de miles, hombres, mujeres, niños y niñas. Y entonces no había
osos por aquí, puedes estar seguro. O, al menos, eran tan escasos que se
los metía en una jaula y se pagaba dinero para verlos.
--¿Dinero, abuelo? ¿Y qué es?
Antes de que el viejo contestara, Edwin se dio u golpe en la frente: se
había acordado. Se metió la mano en una especie de bolsillo interno en la
piel de oso, y sacó de él, triunfante, un dólar de plata, abollado y
deslustrado.
Los ojos del anciano se iluminaron cuando se inclinó sobre la moneda.
--Mi vista es mala -murmuró--. Mira tú, Edwin, si puedes descifrar la
fecha que tiene.
El niño se echó a reír y exclamó, devertidísimo:
--¡Eres increíble, abuelo! ¡Sigues tratando de hacerme creer que esos
pequeños signos que hay ahí quieren decir algo!
El viejo gimió profundamente, y acercó el pequeño disco a dos o tres
pulgadas de sus ojos.
--¡dos mil doce! -exclamó, finalmente. Luego se lanzó a un parloteo
chistoso.
--¡Doce mil doce! Fue el año en que Morgan V fue elegido presidente de los
Estado Unidos por la asamblea de Magnates. Debe ser una de las últimas
monedas que se acuñaron, porque la muerte escarlata llegó en el año dos
mil trece. ¡Señor! ¡Señor! ¡Cuándo pienso en ello! Hace sesenta años. ¡Y
hoy soy el único sobreviviente de aquel tiempo! ¿Dónde has encontrado esta
moneda, Edwin?
Edwin, que había escuchado al abuelo con la benévola condescendencia que
se merecen los desvaríos de los débiles mentales, respondió enseguida:
--¡Me la dio Hu-Hu! La encontró cuando guardaba su rebaño de cabras, cerca

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