El caso de Charles Dexter Ward (Howard Phillips Lovecraft) Libros Clásicos

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Había en aquella casa ciudadana menos misterios que en la del campo, es cierto, pero las horas a que se veían iluminadas las ventanas, el sigilo de los dos criados extranjeros, el horrible y confuso farfullar de un ama de llaves francesa increíblemente vieja, la enorme cantidad de provisiones que se veían entrar por aquella puerta destinadas a alimentar solamente a cuatro personas, y las características de ciertas voces que se oían conversar ahogadamente a las horas más intempestivas, todo ello unido a lo que se sabía de la granja, contribuyó a dar mala fama a la morada.
En círculos mas escogidos se hablaba igualmente del hogar de Joseph Curwen, ya que a medida que el recién llegado se había ido introduciendo en la vida religiosa y comercial de la ciudad, había ido entablando relación con sus vecinos, de cuya compañía y conversación podía, con todo derecho, disfrutar. Se sabía que era de buena cuna, ya que los Curwen o Carwen de Salem no necesitaban carta de presentación en Nueva Inglaterra. Se sabia también que había viajado mucho desde joven, que había vivido una temporada en Inglaterra y efectuado dos viajes a Oriente, y su léxico, en las raras ocasiones en que se decidía a hablar, era el de un inglés instruido y culto. Pero, por algún motivo ignorado, le tenía sin cuidado la sociedad. Aunque nunca rechazaba de plano a un visitante, siempre se parapetaba tras el muro de reserva que a pocos se les ocurría nada en esos casos que al decirlo no sonara totalmente vacuo.
En su comportamiento había una especie de arrogancia sardónica y críptica, como si después de haber alternado con seres extraños y más poderosos, juzgara estúpidos a todos los seres humanos. Cuando el doctor Checkley, famoso por su talento, llegó de Boston en 1783 para hacerse cargo del rectorado de King’s Church, no olvidó visitar a un hombre del que tanto había oído hablar, pero su visita fue muy breve debido a una siniestra corriente oculta que creyó adivinar bajo las palabras de su anfitrión. Charles Ward le dijo a su padre una noche de invierno en que hablaban de Curwen , que daría cualquier cosa por enterarse de lo que el misterioso anciano había dicho al clérigo, pero que todos los diarios íntimos que había podido consultar coincidían en señalar la aversión del doctor Checkley a repetir lo que había oído. El buen hombre había quedado muy impresionado y nunca volvió a mencionar el nombre de Joseph Curwen sin perder visiblemente la calma alegre y cultivada que le caracterizaba.

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