Jane Eyre (Charlotte Bronte) Libros Clásicos

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-Vamos, Jane, cálmate. Anda, vete a tu cuarto y descansa un poco, queridita mía.
-No quiero descansar, y además no es verdad que sea queridita suya. Mándeme pronto al colegio, porque no quiero vivir aquí.
-Te enviaré pronto, en efecto -dijo en voz baja mi tía.
Y, recogiendo su labor, salió de la estancia.
Quedé dueña del campo. Aquella era la batalla más dura que librara hasta entonces y la primera victoria que consiguiera en mi vida. Permanecí en pie sobre la alfombra como antes el señor Brocklehurst y gocé por unos momentos de mi bien conquistada soledad. Me sonreí a mí misma y sentí que mi corazón se dilataba de júbilo. Pero aquello no duró más de lo que duró la excitación que me poseía. Un niño no puede disputar ni hablar a las personas mayores en el tono que yo lo hiciera sin experimentar después una reacción depresiva y un remordimiento hondo. Media hora de silencio y reflexión me mostraron lo locamente que había procedido y lo difícil que se hacía mi situación en aquella casa donde odiaba a todos y era de todos odiada.
Había saboreado por primera vez el néctar de la venganza y me había parecido dulce y reanimador. Pero, después, aquel licor dejaba un regusto amargo, corrosivo, como si estuviera envenenado. Poco me faltó para ir a pedir perdón a mi tía; mas no lo hice, parte por experiencia y parte por sentimiento instintivo de que ella me rechazaría con doble repulsión que antes, lo que hubiera vuelto a producir una exaltación turbulenta de mis sentimientos.
Era preciso ocuparme en algo mejor que en hablar airadamente, sustituir mis sentimientos de sombría indignación por otros más plácidos. Cogí un libro de cuentos árabes y comencé a leer. Pero no sabía lo que leía. Me parecía ver mis propios pensamientos en las páginas que otras veces se me figuraban tan fascinadoras.
Abrí la puerta vidriera del comedorcito. Los arbustos estaban desnudos y la escarcha, no quebrada aún por el sol, reinaba sobre el campo. Me cubrí la cabeza y los brazos con la falda de mi vestido y salí á pasear por un rincón apartado del jardín. Pero no encontré placer alguno en aquel lugar, con sus árboles silenciosos, sus piñas caídas y las hojas secas que, arrancadas por el viento en el otoño, permanecían todavía pegadas al suelo húmedo. El día era gris, y del cielo opaco, color de nieve, caían copos de vez en cuando sobre la helada pradera.

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