Los dos hidalgos de Verona (William Shakespeare) Libros Clásicos

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-Entonces callaré las mías, porque son duras, enojosas y desagradables de oír.
     VALENTÍN. -¿Ha muerto Silvia?
     PROTEO. -No, Valentín.
     VALENTÍN. -¡No; Valentín fue quien murió para la adorable Silvia! ¿Ha abjurado de mí?
     PROTEO. -No, Valentín.
     VALENTÍN. -¡No; murió Valentín falto de amor de Silvia! ¿Qué noticias tienes que comunicarme?
     LANZA. -Señor, una proclama anuncia que estáis enterrado(2).
     PROTEO. -Que estás desterrado. ¡Oh! Ésta es la nueva que tenía que comunicarte. Tienes que alejarte de Milán, de Silvia y de mí, tu amigo.
     VALENTÍN. -¡Oh! Ya he apurado con exceso el cáliz de esa desgracia y no podría probarlo otra vez. ¿Sabe Silvia mi destierro?
     PROTEO. -Sí, sí, y para revocarlo ha derramado un océano de líquidas perlas. Se ha postrado ante su padre, humilde y temblorosa, retorciéndose las manos, cuya blancura tanto las embellecía, que dijérase que el dolor las había decolorado. Pero ni sus dobladas rodillas, ni sus blancas manos extendidas, ni sus dolorosos suspiros, ni sus profundos lamentos, ni sus lágrimas, que caían en plateadas gotas, han podido aplacar a su padre. Pero si Valentín es preso tendrá que morir. Y no sólo esto, sino que sus intercesiones le han irritado de tal modo, cuando suplicando pedía su perdón, que la han prescrito reclusión completa, amenazándola, colérico, si infringía sus órdenes.
     VALENTÍN. -¡Calla! A no ser que la primera palabra que pronuncies tenga sobre mi vida un poder de muerte. Si es así, te ruego que me la hagas oír como el último cántico de mi último dolor.
     PROTEO. -No deplores ya lo que es irremediable y busca remedio a lo que deploras. El tiempo es padre y creador de todo bien. Si permaneces aquí no podrás ver a la que amas, imprudencia que, además, te costará la vida. La esperanza es el palo de viaje de un amante; sal de aquí con él y oponlo a las ideas de desesperación. Aunque te marches tus cartas podrán llegar a estos sitios. Dirígelas a mí, y yo mismo las depositare en el níveo seno de tu adorada. Por ahora serían inútiles todas las súplicas. Ven, te acompañaré para que te franqueen la puerta de la ciudad, y antes de despedirme de ti, hablaremos de cuanto concierne a tus asuntos amorosos. ¡Por tu cariño a Silvia, ya que no por ti mismo, no te expongas a una muerte segura, y ven conmigo!
     VALENTÍN. -Por favor, Lanza, si ves a mi criado, dile que se dé prisa a reunirse conmigo en la Puerta del Norte.

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